miércoles, 22 de febrero de 2012

El convento de Santa Clara de Borja



            En artículos anteriores hemos hecho alusión a los cuatro conventos de religiosos que existieron en nuestra ciudad hasta la Desamortización. Junto a ellos, hubo otros dos de religiosas que, afortunadamente, han llegado hasta nuestros días manteniendo vivas a sus respectivas comunidades.




            El más antiguo de ellos es el de Santa Clara que surgió por iniciativa de la propia ciudad. Aunque, inicialmente, se pensó que fuera de religiosas cistercienses, al final se decantaron por la de franciscanas  clarisas.




            Las cuatro fundadoras procedían del convento de Santa Catalina de Zaragoza que se establecieron en Borja el 30 de abril de 1603, trayendo con ellas a la imagen de la Virgen del Coro y un Agnus Dei del papa Pío V.



El convento antes del derribo del ala que aparece en la parte anterior


            En un principio se alojaron en unas casas que había cedido D. Juan de Lajusticia. Pero a causa de ciertas desavenencias surgidas el consejo y el concejo de la ciudad decidieron levantar un nuevo convento, en el cementerio de la parroquia de San Miguel.




            Las obras fueron capituladas con el maestro Juan de Mendizábal, aunque finalmente las terminaron Domingo de Aroza y Gonzalo Cisneros. El 8 de mayo de 1609, la comunidad se hizo cargo de este edificio construido para ellas.




            Como no disponían de iglesia propia, asistían a las celebraciones de la contigua parroquia de San Miguel, desde un coro que se cerró con la magnífica celosía que hoy puede admirarse en el interior del Museo Arqueológico.




            Los problemas que planteaba ese uso conjunto obligaron a construir un pequeño templo para la comunidad en 1645. Años más tarde, las monjas pidieron al concejo y al cabildo de la colegial la cesión de la ermita de San Sebastián el nuevo, donde tenía su sede la cofradía del mismo nombre, para levantar el templo actual. En virtud del acuerdo alcanzado, la cofradía siguió teniendo su sede en la nueva iglesia que, además, mantuvo como titular a San Sebastián.




            En 1743 se capituló con José Ramírez de Arellano, el más importante escultor del momento, la realización del retablo mayor.





             Tres años después, volvieron a contratarle para que hiciera los retablos laterales dedicados a Santa Ana y Santa Clara. El retablo mayor fue dorado por fray Manuel Castellón y los laterales citados por José Luzán.




            Como hemos señalado, el convento sigue vivo, conservando su rico patrimonio que, muy pronto, podrá ser admirado en el museo que se está creando. Tan importante como este conjunto patrimonial es el recuerdo de las religiosas que destacaron en el transcurso del tiempo, como las hermanas Sallent, poetisas destacadas que vivieron en los siglos XVII y XVIII, o Sor María Salinas que salió de aquí para fundar el convento de Gelsa.




            El convento fue remodelado a mediados del siglo XX, tras el derribo de un ala del mismo y la venta parcial de la huerta, donde hoy se levanta la llamada “Urbanización Santa Clara”. Posteriormente, fue restaurada la iglesia conventual que, desde hace unos años, puede ser admirada en su aspecto original, propio de la sencillez franciscana.


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