viernes, 20 de enero de 2017

Santoral del 20 de enero


San Sebastián (siglo III). Hoy, para nosotros, es la fiesta de San Sebastián, de profundo arraigo en muchas localidades de la comarca, como hacemos referencia al tratar de las tradiciones de esta zona. Nacido en Narbona (Francia) en el año 256, se educó en Milán. Militar prestigioso, llegó a ser nombrado jefe de la primera cohorte de la guardia pretoriana. Denunciado por ser cristiano y negándose a sacrificar a los dioses, el emperador Maximiano ordenó que fuera asaeteado por sus mismos soldados. Lo cierto es que no murió tras sufrir este tormento, sino que llevado con vida a casa de una noble cristiana se recuperó de las heridas. Aunque pudo huir, volvió a presentarse ante el emperador reafirmándose en su condición de cristiano. En esta ocasión fue azotado hasta su muerte, acaecida en el 288. Por este motivo se le representa, con frecuencia, con la doble corona de sus dos martirios. Su culto es antiquísimo y uno de los más populares y difundidos de la Cristiandad. 




San Fabián (siglo III). Nacido en Roma hacia el año 200 era un simple laico que, en la época convulsa de las persecuciones, fue elegido Papa en el año 236 al interpretar el pueblo que era voluntad divina que una paloma se posase en su hombro, mientras estaban reunidos con ese propósito. Tuvo que ser ordenado sacerdote y obispo, convirtiéndose en el vigésimo pontífice. Desarrolló una gran labor, reorganizando la Iglesia y estableciendo normas que tuvieron continuidad. Murió mártir el 20 de enero de 250, durante la persecución de Decio.



Santos Fructuoso, Augurio y Eulogio (siglo III). San Fructuoso era obispo de Tarraco (Tarragona) y San Augurio y San Eulogio diáconos. Durante la persecución de los emperadores Valeriano y Galieno fueron quemados vivos en el anfiteatro de esa ciudad el 20 de enero de 258 o 259, convirtiéndose en los primeros mártires de la Hispania romana.



San Ascla (siglo IV). Entre los mártires cristianos durante las persecuciones que se extendieron por todo el imperio, los hubo también en Egipto. Entre ellos se encuentra San Ascla que era natural de la región de la Tebaida y cuyo culto alcanzó gran difusión, aunque su martirio está rodeado de leyendas en las que se entremezcla lo real con lo imaginario. Al parecer, murió al ser arrojado al Nilo con una piedra, tras ser sometido a crueles tormentos.         



San Neófito de Nicea (siglo IV). Otra de las víctimas de esas persecuciones fue este joven adolescente de Nicea que, durante la de Galerio, se presentó voluntariamente para confesar su fe, sufriendo terribles tormentos hasta su muerte, acaecida el 310. Se le representa con una paloma ya que, según la leyenda, se le apareció siendo un niño para conducirle a una cueva donde se encerró, entre los 9 y los 15 años, viviendo aislado y dedicado a la oración.



 San Eutimio el Grande (siglo V). Nacido en Melitene (Armenia), fue educado por el obispo de esa ciudad que lo ordenó sacerdote. Tras una peregrinación a Tierra Santa, entro en contacto con las corrientes eremíticas que allí gozaban de gran arraigo y decidió retirarse a una cueva cercana a Jerusalén. Hacia el año 411 se estableció en el desierto, con un compañero, y su fama de santidad tuvo enorme eco, hasta el punto de reunir a numerosos seguidores, para los que fundó un monasterio. Comoquiera que su soledad se veía turbada por las gentes que acudían a él, marchó al desierto de Ruba, junto al mar Muerto, y luego a otro más alejado, donde siguieron visitándole. Finalmente, regresó al monasterio que había fundado, aunque se alojó en una cueva. Su influencia fue enorme en todo Oriente, no sólo a través de los sínodos celebrados para condenar diversas herejías, sino en la propia corte imperial, pues fue el impulsor de la conversión de la emperatriz Eudoxia.



 San Wulfstano de Worchester (siglo XI). Nacido en  Long Itchington (Inglaterra) hacia el año 1008, había servido al obispo de Worchester que lo ordenó presbítero en 1038. Sin embargo, prefirió elegir la vida monástica, profesando en la  abadía benedictina de esa ciudad. En 1062, fue nombrado obispo y consagrado en 1062. Fue el último prelado de la época de los reyes sajones, aunque tras la conquista normanda mantuvo su sede, siendo quien consagro a San Anselmo. Falleció en 1095, siendo canonizado por Inocencio III el 14 de mayo de 1203.



 Beato Benito Ricásoli (siglo XI). Nacido en la aldea de Montegrossi (Italia), hacia el año 1093, siendo ya adulto, profesó en el monasterio de Coltibuono que sus padres habían fundado, en apoyo de las comunidades creadas por San Juan Gualberto en aquella zona del Tirol, en las que unía la vida monástica con la eremítica. De hecho, el beato Benito vivió retirado en la montaña, acudiendo al monasterio en determinadas ocasiones y, en su refugio lo encontraron muerto, el 20 de enero de 1107, sus compañeros a los que, en la Navidad de 1106 había anunciado su próximo fallecimiento.



 San Enrique de Upsala (siglo XII). De origen inglés, acompañó al cardenal Breakspear  (más tarde Papa Adriano IV) cuando viajó, en 1151, como legado pontificio a Suecia y Noruega. Al parecer, el cardenal lo consagró obispo de Upsala al año siguiente. Gozó del favor del rey Erico IV de Suecia, canonizado más tarde, y participó en la cruzada que emprendió en Finlandia. Al finalizar la misma, con una gran victoria sueca, continuó en esos territorios desarrollando una gran labor apostólica, por lo que es considerado el evangelizador de esa nación. A raíz de haber reconvenido a uno de los nuevos convertidos, por haber cometido un asesinato, le tendió una emboscada, dándole muerte a orilla del río Abo el 20 de enero de 1150 o 1156. Venerado como mártir, se suele afirmar que fue canonizado por su protector el Papa Adriano IV. Es el Patrón de Finlandia y a él está dedicada la catedral de Helsinki.



 Santa Eustoquia Calafato (siglo XV). Nacida en Mesina (Italia) en 1434, en el seno de una familia noble, decidió profesar como religiosa clarisa, en el convento de Basicó,  contra de la opinión de su familia. Allí permaneció durante diez años pero, deseando que se observara el rigor de la regla primitiva, fundó el monasterio de Montevirgene, en su ciudad natal, de la que fue primera abadesa y donde falleció en 1485. Es copatrona de la ciudad de Mesina, donde se venera su cuerpo incorrupto. Fue canonizada por San Juan Pablo II el 11 de junio de 1998.



Beato Angelo Paoli (siglo XVII). Nacido en Argigliano de Casola (Italia) el 1 de septiembre de 1642, quedó huérfano de madre a los 12 años. En 1660, el obispo de la diócesis le confirió las órdenes menores y ese mismo año, tomó el hábito en el convento carmelita de Cerignano. Tras completar su formación en varios conventos, fue ordenado sacerdote en 1667. Destinado a Florencia, durante siete años llevó una intensa vida de piedad y penitencia. Cuando sus superiores lo enviaron a su localidad natal, por razones de salud, decidió seguir una vida de ermitaño. En 1674, como su salud se hubiera deteriorado, lo enviaron a Pistoia, trabajando en el hospital de esa localidad. Tras haberse recuperado ejerció como maestro de novicios en Florencia y posteriormente ejerció como párroco en varias localidades, antes de regresar a Cerignano, en 1683, como lector, organista y sacristán. Finalmente, lo enviaron a Roma, donde siguió dando pruebas de su entrega a los pobres y enfermos, hasta su fallecimiento el 20 de enero de 1720. Su muerte causó una gran conmoción popular, dada la fama de santidad y el cariño que había logrado suscitar. Fue beatificado el 25 de abril de 2010.



San Esteban Min Kuk-ka (sigloXIX). Nacido en Gyeonggi-do (Corea) en 1788, fue catequista en Seul, siendo detenido en la terrible persecución que se desató contra los cristianos, siendo uno de los numerosos mártires que dio esa comunidad. Al negarse a apostatar de su fe, fue decapitado el 20 de enero de 1840. Beatificado por Pío XI, en 1925, fue canonizado por San Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984.



Beato Basilio Antonio María Moreau (siglo XIX). Nacido en Laigné-en-Bélin (Francia) el 11 de febrero de 1799, en el seno de una familia numerosa, cursó los estudios eclesiásticos en el seminario de Le Mans, siendo ordenado sacerdote en 1821. Dada su capacidad intelectual fue enviado a realizar estudios superiores y, en 1833, tomó parte en la fundación de del Buen Pastor de Le Mans, dedicada a la reinserción de jóvenes delincuentes.  En 1835, el obispo le encomendó la dirección espiritual de los Hermanos de San José, una organización de laicos que tenía como objetivo la instrucción de los campesinos de esa zona. Poco después fundó la Sociedad de Sacerdotes Auxiliares con el fin de ayudar a los párrocos en su labor pastoral. En 1837, unió ambas entidades en la Congregación de la Santa Cruz a la que, en 1841, vino a sumarse la congregación de las Marianitas de la Santa Cruz. Sacerdotes, religiosas y laicos tenían como misión, siguiendo el ejemplo de la familia de Nazaret,  la educación y la evangelización de las zonas rurales, la atención a los jóvenes delincuentes y el cuidado de las personas abandonadas. Su obra se extendió por otros países y fue la creadora de las primeras escuelas cristianas en Argelia. Falleció en Le Mans el 20 de enero de 1873, siendo beatificado por el Papa Benedicto XVI en 2007.



Santa María Cristina de la Inmaculada Brando (siglo XIX). Nacida en Nápoles el 1 de mayo de 1856, su madre murió a los pocos días. A los 20 años ingresó en la congregación de las Sacramentinas de Nápoles, tomando el nombre de María Cristina de la Inmaculada Concepción.  Su delicada salud, le obligó a abandonar el convento, pero no por ello renunció a su vocación religiosa y, en 1878, decidió fundar la congregación de Religiosas Víctimas Expiadoras de Jesús Sacramentado, estableciéndose finalmente en Casoria que fue finalmente aprobada canónicamente en 1903, emitiendo sus votos perpetuos la fundadora, junto con otras religiosas. Elegida superiora general supo hacer frente a las numerosas dificultades por las que aravesó la congregación, dedicada a la educación de los niños. Falleció el 20 de enero de 1906, siendo beatificada por San Juan Pablo II en 2003 y canonizada por el Papa Francisco el
17 de mayo de 2015. 



Beato Cipriano Iwene Tansi (siglo XX). Nacido en 1903 en Igboezunu (Nigeria) en el seno de una familia de la etnia ibo y de religión animista, fue bautizado a los 9 años de edad por misioneros irlandeses, trocando su nombre de Iwene por el de Miguel. Estudió Magisterio, pero a los 20 años decidió cursar la carrera eclesiástica, convirtiéndose, en 1937, en el segundo sacerdote nacido en Nigeria. Ejerció su ministerio pastoral en la parroquia de Dunokofia, desarrollando una intensa labor de evangelización. Pero, cuando en 1950, el obispo expuso ante sus sacerdotes el deseo que algunos se hicieran monjes, se ofreció voluntario y marchó al monasterio trapense de Monte San Bernardo en Leicester (Reino Unido), donde volvió a cambiar su nombre por el de Cipriano. Fue una experiencia dura que superó con su tesón y entereza. Desde allí marchó, en 1962, para fundar un nuevo monasterio en Bamenda (Camerún), del que fue nombrado maestro de novicios. Su ilusión era fundar en Nigeria, pero no pudo conseguirlo ya que falleció, a consecuencia de una trombosis, el 20 de enero de 1964 en Coalville. Fue beatificado por San Juan Pablo II el 22 de marzo de 1988, durante su viaje apostólico a Nigeria.

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