miércoles, 4 de febrero de 2026

El ruiseñor navarro que murió en Fuendejalón

         Queremos recordar hoy al más grande de los joteros de Navarra, de cuya biografía ya nos ocupamos en el volumen III de nuestro Diccionario Biográfico, porque falleció en Fuendejalón, a temprana edad.

 


Nacido en Murillo el Fruto (Navarra) el 23 de enero de 1908, en el seno de una humilde familia, quedó huérfano de padre a muy temprana edad. Abandonando la escuela del pueblo tuvo que ejercer como pastor. Mientras cuidaba de las vacas soñaba con triunfar algún día, como lo había hecho aquel navarro universal que fue el gran tenor Julián Gayarre.

Cualidades no le faltaban pues su portentosa voz despertaba ya la admiración de sus paisanos. Apenas adolescente, se desplazaba hasta Carcastillo en bicicleta para aprender el oficio de herrador. Allí mejoró también su técnica musical y se dio a conocer cantando en las fiestas de muchas localidades. En 1930, trabajó en un «herradero» de Milagro, donde permaneció tan sólo un año, aunque siguió actuando, siempre que era requerido, por los pueblos y ciudades vecinos.

 

En 1932, conoce en Tudela al director del Orfeón Pamplonés, D. Remigio Múgica que, vivamente impresionado por su voz, y con la ayuda de la Escuela de Jota de los Amigos del Arte, lo llevó a la capital navarra donde cantó con el orfeón.

 

En Pamplona conoció al guitarrista Miguel Cenoz que, desde entonces, sería su mejor amigo y compañero en todos sus recitales. Precisamente, cuando Miguel marchó a Barcelona para trabajar como cobrador de autobús, Raimundo decidió viajar hasta allí, en la cabina de un camión, para intentar abrirse camino, junto a su amigo. Cantaron en cafés y bares regentados por navarros, pero no les bastaba.

Raimundo quería grabar un disco y, en repetidas ocasiones, intentará que le escuchen en las grandes casas discográficas de la época. Pero era un desconocido sin nadie que le avalase y, una y otra vez, le rechazaban sin prestarle la más mínima atención, hasta que, de forma casual, en una de esas visitas, aludió a su colaboración con el Orfeón Navarro. Al oír el nombre de esta prestigiosa formación, el empleado que le atendía vaciló y decidió escribir a su director. La respuesta entusiasta de D. Remigio Múgica obró el milagro y Raimundo pudo grabar su primer disco de jotas navarras.

 

No cobrará por ello «hasta que se vendan los primeros 500» e, incluso, se vio obligado a comprar tres ejemplares de su primera grabación que envió a emisoras de radio de Barcelona, Pamplona y Zaragoza. Es precisamente uno de esos discos, que mandó a Radio Zaragoza, el que le abrió las puertas del éxito, pues aquellas maravillosas jotas lograron un extraordinario éxito en la capital aragonesa, sin que su intérprete tuviera conocimiento de ello ni nadie le conociera todavía.

 

A través de unos camioneros, Raimundo se enteró de la popularidad alcanzada por su obra y decidió viajar a Zaragoza. Nada más llegar se presentó en la emisora, donde al verle, dudaron de que fuera el intérprete que, desde hace días, buscaban por todas partes. Aclarado el equívoco, aquel mismo día cantó en directo en la emisora e, inmediatamente, fue contratado por los empresarios del Gran Teatro Iris donde, el 5 de agosto de 1934, efectuó su presentación y fue bautizado con el sobrenombre de «El ruiseñor navarro». En el teatro Iris conoció a la compañía de Mercedes Serós con la que viajó a Madrid, siendo contratado por el maestro Guerrero, y presentado en el Coliseum de la capital de España.

 


Desde entonces, las actuaciones se sucedieron en distintos lugares, especialmente cuando entró en la compañía de Raquel Meller. El teatro Gayarre de Pamplona le acogió el 1 de junio de 1935 y su tierra se rindió ante uno de sus más grandes intérpretes. De allí marchó a México, Cuba y Nueva York cosechando extraordinarios éxitos. 




Viajaba siempre con su mujer, Carmen Bravo una gallega de Pontevedra a la que había conocido en Madrid y con la que tuvo cuatro hijos, Raquel (1934), Raimundo Miguel (1934), María del Carmen (1937) y el menor nacido en 1940, tras su fallecimiento. Al regresar a España, a finales de 1935, continuó sus actuaciones y se sumó a la compañía del conocido humorista Ramper. En junio de 1936 actuó en Logroño, regresando a Madrid, desde donde el 17 de julio tenía que salir hacia San Sebastián. La situación política que se vivía en aquellos momentos le obligó a demorar el viaje y ya no pudo salir de la capital donde pasó toda la guerra, sufriendo enormes penalidades.


Tras ser denunciado, recibió en su domicilio la visita de un grupo de milicianos que iban a detenerle y fusilarlo. Uno de ellos, un joven anarquista, al identificarlo como el gran jotero navarro, lo impidió y protegió, llegando a revelarle el nombre del denunciante.

Desde entonces, vivió aislado, aunque actuó gratuitamente en algunas ocasiones. El 8 de septiembre de 1937 murió su hijo Raimundo, con tres años, paliando su sufrimiento el nacimiento de su hija María del Carmen, el 5 de diciembre de ese mismo año. De la hija mayor no sabían nada pues se había quedado con su abuela en Pontevedra. El gran jotero navarro era diabético y las penalidades de aquellos años minaron su salud.

Cuando en 1939 entraron en la capital las tropas nacionales, sus amigos lo encontraron con un aspecto famélico que impresionaba. Aunque enfermo, volvió a cantar e, incluso, se alistó en el Tercio de Navarra. Pudo volver a ver a su hija y ponerse en contacto con su madre que aún vivía y le pidió que fuera a restablecerse a su localidad natal. Allí pasaron las Navidades de 1939 y el 27 de diciembre cantó, por última vez, en Arguedas.

Antes de regresar a Madrid, fueron a Zaragoza para visitar a sus antiguos protectores y, desde allí, ir a Fuendejalón donde vivía una hermana de su madre, Dª Porfiria Muru, casada con D. José Almárcegui, que ejercía como veterinario en esa localidad, donde esperaban con impaciencia su llegada pues había anunciado que cantaría. Pero, al tomar el autobús comenzó a sentir los efectos de una grave descompensación de su diabetes. En aquellos momentos en los que no existía la insulina las consecuencias eran fatales. Cuando llegó a Fuendejalón su estado es muy malo. Aún pudieron avisar a un especialista de Zaragoza que nada consiguió hacer, y el 31 de diciembre de 1939, a los 31 años, falleció como consecuencia de un coma diabético.

 

El 14 de mayo de 1949 sus restos fueron exhumados en el cementerio de Fuendejalón y trasladados a su tierra, entre el fervor popular. En su tumba, hay una estatua con su figura.

 


Tudela le dedicó un busto y, en mayo de 2008, con ocasión de las fiestas de Fuendejalón, le fue tributado un emotivo homenaje en esta localidad, en el que estuvieron presentes autoridades aragonesas y navarras, siendo descubierta una placa que recuerda la figura de este extraordinario intérprete que popularizó jotas tan conocidas como «Tengo un hermano en el Tercio», «En los montes de Navarra» «Quisiera volverme hiedra» y «Voy por la carretera».

El recuerdo que hoy le dedicamos no es casual, pues mañana comentaremos su relación con el vuelo del “Plus Ultra”, a través de otra conocida jota suya.


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