Hablábamos ayer de una referencia a Mallén en un relato de Rafael García Serrano. Hoy queremos comentar la presencia de personajes de ficción borjanos en la obra Zumalacárregui, con la que D. Benito Pérez Galdós, inicio su tercera serie de los “Episodios Nacionales”.
Como nexo de la
trama argumental, aparece D. José Fago, un capellán castrense en las filas
carlistas, que siente auténtica devoción por Zumalacárregui y, aunque no es
partidario de la violencia, a diferencia de otros sacerdotes que combatieron
con ellos, llevó a cabo, varias delicadas misiones militares.
Es en la toma
de Villafranca, ahora Villafranca de Ordizia, donde aparece nuestra
protagonista, la borjana Saloma, que no combate, sino que acompaña a su pareja
de ese momento, un “urbano”, que, en el lenguaje de la época designaba a los
miembros de la Milicia Urbana, luego llamada Milicia Nacional. Era civiles
armados que defendían los derechos de Isabel II, frente a los partidarios de D.
Carlos, los carlistas.
Hasta
Villafranca llegó Zumalacárregui, dispuesto a conseguir reducir a sus
adversarios, un grupo de los cuales se había hecho fuerte en la torre de la
iglesia parroquial, junto con mujeres y niños.
El general
carlista permitió la salida de los no combatientes, antes de prender fuego a la
torre. De allí salió nuestra Saloma, una gallarda moza que, en la novela se
define a sí misma como «mujer de naide, aunque no es por culpa mía, que bien
quise y quisieron mis padres darme marido por la Iglesia santísima. Huérfana
quedé a los veinte años, y me engañó, ya digo, un tal Sedaliz, que en la
faición está, malos truenos le confundan, y era alpargatero en mi pueblo, que
se llama Borja, para servir a usted».
Se lo cuenta al capellán don José
Fago, que le replica diciendo que conoce Borja cuyos habitantes «no son los
menos brutos, ni los menos nobles de Aragón», curiosa definición que expresa la
opinión de Galdós sobre nuestra tierra.
La trayectoria vital de la Saloma
tampoco es un modelo de virtud, pues, tras ser abandonada por el alpargatero
borjano «en metad de la calle», se unió sentimentalmente a «uno que llaman
Comecome, de junto a la Huecha», al que dejó pronto porque era casado y «a
honradez podrán ganarme, pero a conciencia no...». Por eso, se fue a Zaragoza y
allí conoció a un guardia real, de junto a Tarazona, «un pedazo de animal como
los ángeles» con el que pensó casarse y al que siguió a lo largo de la campaña
hasta que lo mataron en la acción de Artaza, dejando de nuevo a la Saloma en la
indigencia.
La moza borjana vino a parar a
Funes, donde trabó conocimiento con Pascual Muruve, Mediagorra, el
«urbano» de más calzones que defendía la torre y que, finalmente, fue obligado
a rendirse.
No tuvo compasión Zumalacárregui con los rendidos, condenados
inmediatamente a muerte. Entre los capturados aparece un muchacho de Borja, que
afronta la muerte con enorme entereza:
Así lo relata Galdós: “ —Chiquío
—dijo uno, que era de Borja—, nos mandan al pocico. —Qué..., ¿te pena? —Miá que
yo...”. El valor de los condenados es resaltado por la propia Saloma al
referirse a su compañero: «Mediagorra no tiembla... ¿Qué ha de temblar si es de
bronce?
Y tras el fusilamiento, Saloma
reemprenderá su marcha gritando: «¡Vivan los hombres que saben morir con
decencia! Soy de Borja, Padrico, he mamado de la teta del Moncayo... No sé
hablar más que con hombres valientes».
Se trata, en cualquier caso, de
personajes de ficción, pero no deja de ser llamativa la visión que ofrecen de
unos borjanos que, a diferencia de otros paisanos suyos, luchaban en las filas
liberales.


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