Como cada año, hemos disfrutado muchísimo con la retransmisión de los encierros de Pamplona, que hemos podido ver en diferido, gracias a la amplia cobertura que ofrecen distintas televisiones, especialmente RTVE, la única que, en esta ocasión, nos mostró la entrada de los toros en la plaza.
Los encierros constituyen
un espectáculo único, como solo puede verse en Pamplona. No es de extrañar que
conciten, desde antiguo, la atención de personas de todo el mundo y que hayan
quedado reflejados en artículos y obras literarias de gran interés.
Hemos
aprovechado para volver a leer Plaza del Castillo, la obra de Rafael
García Serrano que relata como nadie el ambiente de aquellos encierros de 1936,
cuando San Fermín representó una tregua antes de la catástrofe que se
avecinaba.
García Serrano
era de Pamplona y sus descripciones de la ciudad son de una belleza impresionante.
De ahí, que aconsejemos su lectura.
Hay momentos
especialmente emotivos, como el de la oración del bondadoso sacerdote en la
iglesia de los jesuitas, pidiendo por unos y otros. Quien no sepa rezar,
encontrará aquí una guía excelente.
O las del paso,
por las calles abarrotadas de mozos, de un sacerdote que lleva el Viático, ante
el que todos se arrodillan destocándose y el que no lo hace recibe una “cordial
invitación” a hacerlo porque “Es Dios y ante Él se arrodilla todo cristo”.


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