Tras el recorrido efectuado por los cementerios de las plazas de soberanía españolas en la costa de Marruecos, hoy vamos a detenernos en el cementerio de la Purísima Concepción de Melilla, donde, como comentamos, están siendo trasladados los restos sepultados en aquellos pequeños camposantos.
El cementerio
se empezó a construir en diciembre de 1890, siendo inaugurado el 1 de enero de
1892. El primer cadáver que recibió sepultura allí fue el del niño, de cuatro
meses Francisco López López.
En el transcurso
del tiempo ha ido experimentando diversas ampliaciones, hasta adquirir la
importancia actual que, como destacan los historiadores melillenses, le ha
llevado a convertirse en un auténtico Museo de Escultura, por la calidad de las
que forman parte de muchos de sus mausoleos.
Pero, al margen
de todo ello, este cementerio puede ser considerado el mayor cementerio militar
de España, dado que acoge los restos de más de 20.000 militares fallecidos en
acto de servicio.
Algunos de
ellos reposan en los panteones a los que nos referiremos en otro artículo, pero
otros, no identificados, yacen sepultados en las llamadas “Fosas de las Ánimas”,
en las que no suelen faltar las flores, pues hay personas que periódicamente se
acercan hasta ellas.
Aunque
podríamos destacar otras tumbas, queremos hacerlo con la del soldado Fernando Bueno
Espinosa, cuyos restos reposan bajo este mausoleo coronado por una columna
truncada.
Cumpliendo una
condena, por una falta grave, este granadino de 25 años, se encontraba
destinado en el Batallón Disciplinario de Melilla, cuando el 31 de marzo de
1892 otros dos penados, que estaban trabajando en la construcción del fuerte de
Cabrerizas Altas, huyeron para pasarse al enemigo.
Fernando, que
estaba de guardia, los persiguió, penetrando en territorio marroquí, donde fue
apaleado, dejándole malherido. Aunque sus compañeros intentaron rescatarlo, no
pudieron hacerlo, al abrir fuego contra ellos, por lo que les pidió, que lo abandonaran,
recuperando su fusil. Murió a consecuencia de las heridas y de los disparos que
luego le efectuaron. El cadáver pudo ser recuperado después, merced a la
intervención del propio Bajá. El comportamiento del soldado, calificado de
heroico por sus mandos, mereció que fuera sepultado con todos los honores y que
sobre la tumba se erigiera este monumento, sufragado por suscripción entre los
Jefes y Oficiales del Batallón.
D. Juan Antonio
Rodríguez-Toquero que, recientemente, ha visitado este cementerio, nos ha
recordado que allí hay también enterrados militares británicos, a los que
hicimos referencia en este blog, en la serie que dedicamos a militares extranjeros
enterrados en España.
Se trataba de
los nueve miembros de la dotación del aparato de la RAF, Consolidated PBY-5A
Catalina JX-258, perteneciente al 202 Escuadrón con base en Gibraltar, que
se estrelló en el Cabo de Tres Forcas, por causas desconocidas el 15 de junio
de 1944.
De sus cadáveres
se hizo cargo el Ejército del Aire español, dando aviso al gobernador de
Gibraltar que se trasladó hasta allí y dispuso que los fallecidos fueran
enterrados en el cementerio de Melilla.
El sepelio se
efectuó con la máxima solemnidad y honores militares, siendo conducidos en
carrozas tiradas por caballos y con grandes coronas de flores.
Ante la
imposibilidad de identificar los restos, fueron sepultados en una única tumba,
sobre la que se colocó una lápida con sus nombres, las circunstancias de su
muerte y la dedicatoria “El Ejército del Aire de Melilla a los soldados que
mueren por su Patria”. En inglés se hizo constar, la frase habitual en muchas
tumbas británicas: “Desde la salida del sol hasta el ocaso, os recordaremos”.
Los nueve fallecidos
eran el teniente Douglas Boyle , que era uno de los pilotos; el segundo piloto Harry
Roy Keen, de tan solo 19 años; el sargento Edward George McNeal que era el
ingeniero de vuelo; el operador de radio sargento Robert Villiam Pole; el sargento
Samuel Lester Squire, también operador de radio; el sargento Ronald Vivian
Allen, artillero y operador de radio; el sargento Charles Ernest Lang,
artillero; el sargento William James McDonald, también artillero; y el oficial
de vuelo Robert William Clark-Hall, hijo del mariscal del Aire Sir Robert
Clark-Hall. Para conocer más datos de sus biografías remitimos al artículo que
publicamos en este blog.
Para finalizar,
queremos hacer mención a la tumba de un soldado que no murió en acción de
guerra, pero que ha alcanzado una gran notoriedad. Se trata de la del soldado
de Regulares Benito López Franco, natural de la localidad zaragozana de Cetina,
cuyo cadáver fue encontrado en los aseos del cuartel.
Calificada la muerte
con suicidio, fue enterrado en la zona del cementerio civil, pero hubo muchos
que no creyeron la versión oficial y, cuando comenzó a crecer el rumor de que,
por su intercesión se obraban milagros, su tumba se convirtió en lugar de
peregrinación, a la que siguen acudiendo numerosas personas, sin que falten
nunca las flores frescas.











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