Sobre el crucero de este templo borjano, al que hemos dedicado los últimos artículos, se alza una cúpula ciega que, según el historiador Alberto Aguilera, estaba proyectada con una linterna que no llegó a realizarse.
En el
lugar que debía ocupar dicho sistema de iluminación se encuentra un lienzo
circular en el que está representada la conocida escena en la que San Francisco
recibe los estigmas de la Pasión de Cristo en el monte de la Verna.
El
suceso tuvo lugar en la madrugada del 14 de septiembre de 1224. San Francisco
estaba orando, como tenía por costumbre, cuando se le apareció un serafín, en
figura de hombre, con seis alas, quedando impresas en su cuerpo las Llagas de
la Pasión.
En el lienzo se ve al santo de rodillas y, entre las nubes, la cabeza de un ángel rodeada de alas, mientras descienden cinco hilos en dirección a los lugares donde quedarían impresos los estigmas: las dos manos y pies, junto con el costado. Sentado, al otro lado del árbol, se encuentra fray León, el hermano que le acompañaba en sus oraciones quien certificó la veracidad de lo ocurrido, acompañado por prodigios tales como una gran luz que asustó a los pastores de los alrededores y a unos arrieros que descansaban por allí, que se levantaron y aparejaron sus animales, creyendo que ya era de día. Todo el conjunto está enmarcado por una orla con flores.
En las
pechinas estaba previsto que se pintaran, como suele ser frecuente en muchos
templos, las imágenes de los Cuatro Evangelistas. Tampoco se hicieron y, en la
actualidad, figuran cuatro emblemas relacionados con la orden franciscana que,
probablemente, fueron realizados en época más tardía.
En el
primero de ellos aparecen, de forma muy esquemática, las cinco llagas
sangrantes, un emblema muy utilizado en la iconografía franciscana y que ya
vimos en el altar del Santo Cristo de esta misma iglesia.
Mucho
más frecuente es este otro en el que sobre la Cruz, aparecen los brazos de
Cristo y de San Francisco. De hecho es, por excelencia, el emblema de la orden.
En esta iglesia lo vimos en el remate del altar mayor y en el centro del
frontal del mismo altar.
También
hace referencia al episodio de la estigmatización este emblema en el que
aparece la cabeza del serafín rodeada de alas, como la veíamos en el lienzo
antes comentado.
Finalmente, en este último está representada la Cruz
del Santo Sepulcro, como expresión de la tradicional vinculación de la orden
con los Santos Lugares, cuya presencia se remonta a sus primeros años de
existencia y donde, en 1342, el papa Clemente VI les encomendó la “Custodia de
los Santos Lugares”.
En la actualidad la
Custodia de Tierra Santa es una subprovincia de la orden que tiene como
cometido el cuidado y la guarda de numerosos lugares bíblicos, la atención
espiritual de los mismos y de otras muchas iglesias y parroquias, la dirección
de diversos centros de formación y otras actividades de investigación que
tienen sus principales cauces en el Instituto Bíblico Franciscano y el Estudio
Teológico Jerosimilitano.
De
hecho, en el escudo de la Custodia aparecen dos de los emblemas comentados, los
brazos con la cruz en el superior, y la cruz del Santo Sepulcro en el inferior.
Conviene señalar que el origen de esta cruz, también llamada de Jerusalén,
procede de la Primera Cruzada, siendo la enseña que el papa Urbano II entregó a
los caballeros que iban a participar en ella. Tras la conquista de Jerusalén,
fue adoptada como símbolo del nuevo reino. En su origen era de oro sobre campo
de plata, pero cuando la adoptó la Orden del Santo Sepulcro la usó de gules
sobre campo de plata, como aparece, en el escudo de la Custodia.
Como
habrán advertido nuestros lectores la calidad artística de los emblemas
representados en Santa Clara no es excesivamente buena. Sin embargo, nos ha
parecido interesante llamar la atención sobre ellos, aprovechando estas las
fotografías de Enrique Lacleta, ya que, con frecuencia, muchos detalles
iconográficos pasan desapercibidos y, tras ellos, se esconde siempre un
significado de interés.

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