Tras el recorrido efectuado por los cementerios del norte de África en los que están enterrados soldados españoles, vamos a mostrar otros, situados en lugares remotos, de los que muchos de nuestros lectores no habrán oído hablar nunca. Uno de esos cementerios militares está en Vietnam, donde España combatió, junto a los franceses, en la llamada Guerra de Conchinchina, entre 1858 y 1862. Pero, antes, es preciso comentar las causas de esa sorprendente acción militar.
El 20 de julio
de 1857 había sido decapitado en Nam Dinh el obispo dominico español José María
Díaz Sanjurjo, natural de Santa Eulalia de Suegos. En 1842, ingresó en la Orden
de Predicadores y, dos años después, fue enviado a Manila, donde ejerció como
profesor en la Universidad Pontificia. Pidió ser enviado a Vietnam, donde
realizó una ingente labor pastoral, siendo nombrado, en 1849, obispo de Platea
y vicario apostólico de Tonkin Oriental. Detenido por las autoridades, en 1856,
fue ejecutado en la fecha citada y su cuerpo arrojado al río. La cabeza, que había
quedado expuesta en una cesta, pudo ser rescatada y enviada al convento de Santo
Domingo de Ocaña.
El 28 de julio
de 1858 fue ejecutado otro obispo español, el dominico Melchor García Sampedro,
que había sido consagrado por su predecesor José María Díaz Sanjurjo. Nacido en
Lindes (Asturias) en 1821, ingresó en la Orden de Predicadores en 1845, cuando
ya había cursado Filosofía y Teología en la Universidad de Oviedo.
Enviado a las
Filipinas, en 1848, pasó poco después a Vietnam, donde ejerció su ministerio
pastoral, hasta su detención. Sometido a terribles torturas fue despedazado en
la fecha citada. Sus restos fueron trasladados, treinta años después, a Oviedo,
en cuya catedral se veneran.
Ambos obispos
misioneros fueron canonizados por San Juan Pablo II el 19 de junio de 1988,
junto con otros mártires vietnamitas.
Estas
ejecuciones, junto a la persecución llevada a cabo por las autoridades del
reino de Annam, fueron determinantes para que Napoleón III propiciara una
expedición de represalia (en principio), a la que invitó a participar a España.
El gobierno de
O’Donnell aceptó con entusiasmo la propuesta y, desde Filipinas, fue enviada
una fuerza expedicionaria, integrada por 1.600 soldados, en su mayoría nativos,
y tres buques de guerra, para apoyar a los franceses, cuyos intereses eran
otros.
De todo ello y
de las bajas provocadas por el conflicto hablaremos en los siguientes
artículos.



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