domingo, 15 de marzo de 2026

Cuando España conquistó Saigón

 

         Tras el recorrido efectuado por los cementerios del norte de África en los que están enterrados soldados españoles, vamos a mostrar otros, situados en lugares remotos, de los que muchos de nuestros lectores no habrán oído hablar nunca. Uno de esos cementerios militares está en Vietnam, donde España combatió, junto a los franceses, en la llamada Guerra de Conchinchina, entre 1858 y 1862. Pero, antes, es preciso comentar las causas de esa sorprendente acción militar.


         El 20 de julio de 1857 había sido decapitado en Nam Dinh el obispo dominico español José María Díaz Sanjurjo, natural de Santa Eulalia de Suegos. En 1842, ingresó en la Orden de Predicadores y, dos años después, fue enviado a Manila, donde ejerció como profesor en la Universidad Pontificia. Pidió ser enviado a Vietnam, donde realizó una ingente labor pastoral, siendo nombrado, en 1849, obispo de Platea y vicario apostólico de Tonkin Oriental. Detenido por las autoridades, en 1856, fue ejecutado en la fecha citada y su cuerpo arrojado al río. La cabeza, que había quedado expuesta en una cesta, pudo ser rescatada y enviada al convento de Santo Domingo de Ocaña.

 

         El 28 de julio de 1858 fue ejecutado otro obispo español, el dominico Melchor García Sampedro, que había sido consagrado por su predecesor José María Díaz Sanjurjo. Nacido en Lindes (Asturias) en 1821, ingresó en la Orden de Predicadores en 1845, cuando ya había cursado Filosofía y Teología en la Universidad de Oviedo.

         Enviado a las Filipinas, en 1848, pasó poco después a Vietnam, donde ejerció su ministerio pastoral, hasta su detención. Sometido a terribles torturas fue despedazado en la fecha citada. Sus restos fueron trasladados, treinta años después, a Oviedo, en cuya catedral se veneran.

         Ambos obispos misioneros fueron canonizados por San Juan Pablo II el 19 de junio de 1988, junto con otros mártires vietnamitas.

 

         Estas ejecuciones, junto a la persecución llevada a cabo por las autoridades del reino de Annam, fueron determinantes para que Napoleón III propiciara una expedición de represalia (en principio), a la que invitó a participar a España.

         El gobierno de O’Donnell aceptó con entusiasmo la propuesta y, desde Filipinas, fue enviada una fuerza expedicionaria, integrada por 1.600 soldados, en su mayoría nativos, y tres buques de guerra, para apoyar a los franceses, cuyos intereses eran otros.

         De todo ello y de las bajas provocadas por el conflicto hablaremos en los siguientes artículos.


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