En un artículo anterior, hablamos acerca de la participación española en la campaña de Cochinchina, organizada por la Francia de Napoleón III como represalia por la represión del emperador de Annam, que había costado la vida a numerosos cristianos, entre los que se encontraban dos obispos españoles, cruelmente martirizados.
Reinaba en
España Isabel II y el general O’Donnell era el Presidente del Consejo de Ministros.
Aceptando la propuesta del emperador francés, se decidió el envío, desde
Filipinas, de un contingente de tropas, integrado por unos 1.600 soldados, la mayoría
de ellos tagalos, así como el de varias unidades navales, el aviso Elcano, el
vapor Jorge Juan, la corbeta Narváez y la goleta Constancia, que se incorporaron
sucesivamente.
Al frente de la expedición iba el coronel Ruiz de Lanzarote
y, con él, el teniente coronel Ascario y los comandantes Primo de Rivera y Carlos
Palanca (en la imagen). Este último tuvo una importante participación en las
diversas fases de la campaña y llegó a ser ascendido a mariscal de campo.
Las tropas
españolas partieron de Manila en agosto de 1858, a bordo del vapor francés Dorogne
y, un poco más tarde, de la fragata Durance, ambas unidades con destino
a la bahía de Yu Kin Can, donde ya estaba el aviso español Elcano.
El 14 de
septiembre dieron comienzo las operaciones con el bombardeo de los fuertes que
protegían la bahía de Danang, alguno de los cuales fue volado y otros ocupados,
con la decidida participación de las unidades españolas y, en concreto del
comandante Palanca.
El 14 de
septiembre dieron comienzo las operaciones con el bombardeo de los fuertes que
protegían la bahía de Danang, alguno de los cuales fue volado y otros ocupados,
con la decidida participación de las unidades españolas y, en concreto del
comandante Palanca.
Aunque la ciudad
quedó en poder de las tropas aliadas, no cejaron por ello de producirse fuertes
combates con las tropas amnanitas, destacando la heroica defensa de la pagoda
de Ciochetons, en la que, durante tres días, el destacamento español tuvo que
resistir los ataques de una fuerza enfurecida.
La ocupación de
Saigon, con la decidida participación española, sirvió de base a los franceses
para negociar la paz con el emperador Tu Doc y, aunque la guerra no finalizó
entonces (hubo otras fases en las que no vamos a detenernos), puso al
descubierto las verdaderas intenciones de Francia.
Mientras los
españoles retornaban a Filipinas, el país vecino iniciaba el control del territorio,
consolidado tras el tratado de Paz, en el que España no obtuvo otra cosa que una
mínima compensación económica y unos hipotéticos derechos de libre comercio en
algunos puertos. Aún pudo celebrarse en Saigón, durante nuestra presencia en la
ciudad, una ceremonia con ocasión del cumpleaños de la reina Isabel II, como
muestra el grabado.
En
reconocimiento a la actuación española, Napoleón III nombró comendador de la
Orden de la Legión de Honor al futuro general Palanca y a España le cedió un
terreno de unos cuatro kilómetros cuadrados en Saigón. De aquel terreno español
en Vietnam nadie se ocupó y, finalmente, en 1922, España se lo devolvió a Francia
que construyó allí el parque Bach Tung Diep.
Los franceses fueron derrotados en
Dien Bien Phu, en 1954; llegaron los norteamericanos que tuvieron que hacer
frente a una desastrosa guerra, que acabó en 1975 con el triunfo del Vietcong y
Vietnam del Norte. Saigón pasó a llamarse Ciudad Ho Chi Minh, pero el parque
construido sobre el terreno que fue español, situado frente a la Ópera y el
Hotel Continental, continúa ofreciendo un remanso de paz a los visitantes.
Nos ha sorprendido
ver que allí también hacen pintadas. Por otra parte, en su recinto se alzan
algunos monumentos, como el dedicado al estudiante Tran Van On, muerto en el
transcurso de una manifestación.











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