Las tertulias de estos días, en torno al belén, nos han servido, entre otras cosas, para poner de manifiesto el desconocimiento que aún existe en torno al patrimonio artístico de nuestra ciudad.
Quienes estaban habituados
a ver, con frecuencia, el retablo que se conserva en el actual Auditorio Municipal,
nos comentaban que ignoraban por completo la iconografía del mismo.
De ahí, que hayamos decidido
retornar sobre el que fuera retablo mayor de la iglesia de San Pedro Mártir, aunque
siempre fue conocida como “iglesia de Santo Domingo”, aprovechando las
fotografías realizadas por Enrique Lacleta.
Se trata
de una obra de indudable interés, atribuida a Juan Zabalo, un artista
zaragozano de la primera mitad del siglo XVIII, muy activo en Borja. Llama la
atención el que la mazonería mantenga el color de la madera ya que nunca llegó
a ser terminado.
En el proceso de
construcción de un retablo solían intervenir, por un lado, el mazonero o
carpintero que realizaba la estructura y, en casos como el que estamos
comentando, un pintor que se encargaba de los lienzos que se situaban en el
mismo. Posteriormente, ya instalado, se procedía al dorado y policromado de la
mazonería. A veces, por motivos económicos, este proceso se demoraba o no se
llegaba a realizar nunca, como sucedió aquí.
El
lienzo central está dedicado a San Pedro de Verona, el primer mártir de la
orden dominica. Nacido en el seno de una familia de cátaros, en la ciudad de
Verona, el 1205, se educó en una escuela católica de su localidad natal y,
posteriormente, cursó estudios en la universidad de Bolonia, donde atraído por
la figura de Santo Domingo de Guzmán ingresó en la Orden de Predicadores a los
15 años. Su actividad apostólica fue muy intensa, destacándose en la lucha
contra las herejías que habían prendido en el norte de Italia. En 1232, el papa
Gregorio IX lo nombró “Inquisidor de la Fe”, estableciendo su residencia en
Milán.
Su labor suscitó la enemistad de algunos influyentes personajes que apoyaban a los cátaros. Dos nobles milaneses, contando con la aquiescencia de Daniele de Giussano, un obispo heterodoxo, decidieron acabar con el incómodo predicador y contrataron a un sicario, llamado Carino de Balsamo, que tendió una emboscada a San Pedro en el camino de Como a Milán, el 6 de abril de 1252. Allí le asestó un golpe en la cabeza con su machete y le atravesó el pecho con una daga. También asesinó al hermano Domingo que acompañaba al mártir. Pedro de Verona fue canonizado por Inocencio IV el 9 de marzo de 1253, cuando aún no había transcurrido un año de su muerte. Pero lo más sorprendente es que el asesino se arrepintió e ingresó en el convento dominico de Forli, donde llevó una vida de intensa piedad, hasta el punto de que, tras su muerte, fue beatificado, siendo probablemente el único caso en que alcanzan la santidad el mártir y su asesino.
En la
representación de Borja, el Santo aparece en el momento de su acceso a los
cielos. Es, en definitiva, el momento de su glorificación y toda la composición
está impregnada de un profundo simbolismo. En ella pueden apreciarse las
heridas en la cabeza y en el pecho que recibió el santo, de las cuales brota la
sangre. Un ángel porta la palma y otro le impone la corona de laurel, atributos
propios de los mártires. Sin embargo, podemos advertir que, en la composición,
aparecen otras tres coronas: una roja arriba, otra blanca que lleva el ángel de
la palma y a la derecha aparece otro angelote con una corona de flores. Entre
los atributos específicos de San Pedro Mártir figuran tres coronas de oro que
representan a las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Aquí, en lugar
de ese noble metal, se optó por otra representación con el mismo simbolismo.
Por delante del Santo, aparece una joven con los ojos vendados que representa a la Fe. Lleva en su mano derecha un cáliz del que sobresale la Sagrada Forma, una alusión a la Eucaristía, en cuya defensa se distinguió San Pedro. En su mano izquierda porta una bandera con el emblema de la Orden de Predicadores. Finalmente, en el lado izquierdo del lienzo podemos apreciar la presencia de dos ángeles con las dagas utilizadas en el martirio.
A ambos
lados del lienzo del titular aparecen representados cuatro santos dominicos. En
cada calle y en sus correspondientes tondos figuran un santo y una santa de la
orden. En la de la derecha están Santa Rosa de Lima y San Jacinto de Cracovia.
Isabel
Flores de Oliva nació en la capital del
virreinato de Perú el 30 de abril de 1586. Su padre era arcabucero de la
guardia del Virrey que había contraído matrimonio con Dª María de Oliva, con la
que tuvo trece hijos. Isabel, que siempre fue conocida con el nombre de Rosa,
se distinguió siempre por su intensa piedad que, en ocasiones, era objeto de
críticas en su entorno familiar.
Durante varios años
residió en Quives, una localidad de la cuenca del Chillón, a la que se había
trasladado el padre para explotar una concesión minera en la que fracasó. Rosa
ayudó a la economía familiar realizando labores de costurera, sin olvidar sus prácticas
religiosas. Hacia 1606, atraída por la figura de Santa Catalina de Siena,
decidió adoptar el hábito de terciario de la orden dominica.
Los terciarios son laicos
que residen en sus casas, aunque su modelo de vida se inspira en el carisma de
la orden a la que pertenecen. Rosa llegó a construir una pequeña cabaña en el
jardín familiar en la que se recluía a orar y hacer penitencia. Su fama de
santidad se extendió por la ciudad, aunque el rechazo de la familia le obligó a
trasladarse a la casa de su protector D. Gonzalo de la Maza, donde residió los
últimos años de su vida. En marzo de 1617, celebró en la iglesia de Santo
Domingo su místico desposorio de Cristo y, el 24 de agosto de ese mismo año,
falleció a consecuencia de una hemiplejia.
El sepelio constituyó
toda una manifestación de duelo popular e, inmediatamente, se inició el proceso
de beatificación. Se cuenta que, cuando fue elevado a la Santa Sede, el papa
comentó que no haría santa a una india aunque llovieran rosas. Inmediatamente,
una lluvia de rosas cubrió los palacios vaticanos, ante la sorpresa de todos.
Fue elevada a los altares en 1673, siendo la primera santa nacida en el Nuevo
Mundo. En la actualidad es patrona de América, de Perú y de las Filipinas. Su
fiesta se celebra el 30 de agosto.
En el
lienzo que estamos comentando está representada con hábito dominico y lleva en
sus brazos al Niño Jesús, uno de sus atributos personales, junto con las rosas
que llevan en sus manos la Santa y el propio Niño.
Bajo
ella aparece San Jacinto de Polonia o de Cracovia, como también es conocido,
nacido en 1185. Su nombre real era el de Juan que, en la forma familiar de su
idioma natal, era Jacko. Lo de Jacinto fue una deformación de ese apelativo al
ser traducido al latín.
Cursó
estudios en su patria, en París y Bolonia. Posteriormente, marchó a Roma donde
tuvo la oportunidad de presenciar un milagro de Santo Domingo de Guzmán,
despertándose en él la vocación religiosa, entrando en la Orden de
Predicadores, donde recibió el hábito de manos del propio fundador que lo envió
de regreso a Polonia para establecer allí a la orden.
Su
hagiografía le atribuye una intensa labor apostólica en varios países, así como
numerosos milagros. Sin embargo, el más conocido es el que acaeció durante un
ataque de los mongoles al monasterio de Kiev donde se encontraba el santo.
Antes de huir decidió salvar el Santísimo Sacramento, tomando en sus manos la
caja o ciborio que lo contenía. Se cuenta que, en esos momentos, oyó la voz de
la Virgen que le recriminaba el que la dejara sola en la iglesia. San Jacinto
tomó entonces la imagen de María que estaba en la iglesia y, a pesar de que su
peso era considerable, pudo portarla sin fatiga e, incluso, cruzar el río
Dniepper, caminando sobre las aguas con la ayuda de un ángel.
Por
eso, sus atributos personales son la custodia y la imagen de la Virgen en sus
manos, tal como se representa en el lienzo que comentamos. Por otra parte, se
le representa también con la estola roja sobre el hábito dominico.
Terminaremos señalando
que falleció en Cracovia, en 1257, siendo canonizado en 1594. El papa Inocencio
XI lo proclamó patrón de Lituania en 1686.
No
es la única imagen del santo existente en nuestra comarca. Se encuentra también
en el altar mayor de la iglesia parroquial de Bureta, de la misma manera que
San Pedro Mártir es Patrón de Agón.
Mañana
continuaremos comentando otros aspectos de este retablo, del que ya nos
ocupamos hace trece años.

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