lunes, 29 de junio de 2026

Los archivos de nuestro Centro XVI

         Como precedentes de los almanaques, que comentamos en un artículo anterior, se conservan en nuestro archivo, procedente del de la Casa de San Gil, una serie de interesantes obras del siglo XVIII, con características similares a las que tuvieron amplia difusión en Europa, solo superadas, como señalaba Claudia Mora, por las de temática religiosa.

         Al parecer, el precedente más remoto, fue una publicación surgida de una abadía cercana a Milán en la que se recopilaban los pronósticos de los pescadores que en ella se reunían o de un monje que se hacía pasar por pescador. De ella se hicieron numerosas traducciones literales o inspiradas.

         No es el caso de El jardinero de los planetas en la nave de Aqueronte sobre el Ebro, firmado por el “conde Nolegar Giatamor” que, según Aguilar Piñal, era el seudónimo de Jerónimo Argenti, adaptación al castellano de Girolamo Argenta, que se decía originario de Ferrara y astrólogo de profesión.

         La publicación mezclaba datos astrológicos para las cuatro estaciones, con otros referidos a los signos del Zodíaco e instrucciones sobre la forma más adecuada de tomar medicamentos, incluyendo unas señales que vaticinan la lluvia.

         La obra que gozaba de todos los pasos previos de censura para ser editada, estaba dedicada a Dª. Josefa Mariana Lorenza Urriés de Urriés, marquesa de Villalba y Peramán, nacida en Zaragoza. Este hecho, así como la referencia al Ebro y algunos datos, como la petición al “curioso lector” para que no “te olvides de los Toros (oh lector Ebroanico) que has tenido en la plaza Mayor”, parecen demostrar la evidente relación del autor con la capital aragonesa. De hecho, aunque impresa en Madrid, la dedicatoria la firma en Zaragoza, haciendo referencia a su meridiano y al de la Corte.

         Estamos ante una obra importante, que se publicó durante varios años y cuya difusión viene a demostrarla el que, en la Biblioteca Nacional, se conserve un tomo ricamente encuadernado con las armas de Felipe V en la portada. También existen algunos ejemplares en bibliotecas españolas, pero el de 1733 que estamos comentando, no lo hemos encontrado.

 

         No menos interesante es este ejemplar de El Soplón de los Astros: Gran Piscator de Labapies, correspondiente al año 1740, que aparece firmado por Manuel Pascual, un personaje inventado por el verdadero autor, que no conocemos, pero que alcanzó gran fortuna.

         Presentado como un mendigo, sin brazos ni pies, montado en un mísero borrico y acompañado por su mujer, la primera llamada Juana, a la que llaman la Sibila de Lavapiés, ya fallecida cuando se publica esta obra, en la que le dedica un poema.

         Su crítica feroz a otros almanaques y su lenguaje humorístico con sus burlescos vaticinios le granjearon el favor del público, de manera que ese nombre inventado, será utilizado por otros escritores, al igual que el de la Sibilia de Lavapiés. Curiosas son sus dedicatorias “al otro” o a “Perico el de los palotes”.

 

         Aún más raro es el que lleva por título El gran Piscator Andaluz, del que conservamos el ejemplar del año 1746, que nos plantea muchos interrogantes. Por una parte, en la portada aparece firmado por D. Diego de Torres (Villarroel), un destacado personaje, de agitada vida, que, entre su variada obra, escribió con gran fortuna almanaques.

         Pero, en la aprobación eclesiástica de la obra, se menciona como verdadero autor a “D. Alexos de Torres”, que fue un profesor de matemáticas, que también escribió almanaques, compitiendo con Diego de Torres, por la misma época.

         Sin embargo, para complicar más las cosas “El Gran Piscator Andaluz” fue el seudónimo utilizado por el médico, matemático y astrónomo cordobés Gonzalo Antonio Serrano.

 

         Finalizamos hoy con otra obra singular, El Piscator Inmortal de 1748, firmado por “el bachiller Don Juan de Madrid”, que era uno de los seudónimos utilizados por el carmelita fray Juan de la Concepción Oviedo Monroy, hombre de gran cultura y memoria fotográfica que abandonó la orden para pasar a la de los trinitarios.

         La obra está dedicada a D. Jaime de Silva y su esposa Dª. María Hipólita Cebrián y Patiño, hija de D. Pedro Cebrián y Agustín, V conde de Fuenclara y virrey de Nueva España. Además, era hija de Dª. María Agustina Hipólita de Gurrea y Vera, condesa de Castellflorit, propietaria de la Casa de las Conchas, a quien heredó, sorprendiéndole en Borja el inicio de la Guerra de Sucesión.


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