Hace unos días comentamos que la preparación física de D. Santiago Ramón y Cajal fue determinante para que pudiera sobrevivir a las penalidades sufridas durante su estancia en Cuba, como Capitán Médico.
Ahora, D. Pedro
Calvo nos ha remitido esta imagen de juventud del fututo Premio Nobel, junto
con una serie de comentarios sobre su preocupación por fortalecer su fuerza
física.
Nos señala que,
en un blog dedicado al Deporte Tradicional, se resalta que, en Valpalmas, Cajar
fue tirador de barra y levantó un cahiz de trigo (140 kilos), junto con otros
datos muy interesantes.
Dice que, en su niñez y ante la imposibilidad de hacer frente a niños mayores que él, elaboró una honda para defenderse, junto con un cuaderno, que tituló Estrategia Lapidaria, una guía para fabricar y utilizar las hondas.
Son varias las
fotos conservadas en las que aparece con el torso desnudo, en las que mostraba
su evolución para desarrollar su fuerza y musculatura. Primero, entrenando con
piedras en el río Isuela, pero, cuando llego a Zaragoza, frecuente un gimnasio,
denominado “Estudio Deportivo”, que dirigía el Sr. Poblador al que, ante la
dificultad de pagar su cuota, le ofreció asesoramiento físico al señor
Poblador.
En aquellos
tiempos de estudiante, cuando paseaba por las calles Cinco de Marzo y Santa
Engracia, en lugar de bastón utilizaba una barra de hierro de 5 libras.
En esta otra
foto aparece vistiendo un sencillo taparrabos, empuñando un arco. En su
biografía comenta que era “Ancho de espaldas, con pectorales monstruosos, mi
circunferencia torácica excedía de los 112 centímetros y al andar mostraba esa
inelegancia y contorneo rítmico característico de los forzudos o Hércules de
Feria".
Para fortalecer
su físico, entrenaba y haciendo montañismo, afición que mantuvo durante gran
parte de su vida. Él afirmaba que “Además de los ejercicios oficiales, me
impuse cierto programa progresivo, ora añadiendo cada día peso a las bolas, ora
exagerando el número de contracciones en la barra o en las paralelas. Cultivé
también con ardor los saltos de profundidad y toda clase de volatineras en las
anillas y el trapecio (...) La gimnasia y mi indomable amor propio hicieron
milagros”.
Pese a todo, ya en su madurez,
Cajal se refirió a aquel furor deportivo de su juventud como "manía
gimnástica", y la calificó como “aquella época de necio y exagerado culto
al bíceps”. Aunque siempre defendió los beneficios del deporte y el ejercicio
moderados, y alertó de los riesgos de los excesos del deporte profesional: “Importa
notar que el corazón se fatiga y las venas se dilatan en los ejercicios
violentos (...) Todo recordman o deportista, como no le asista una complexión
excepcional, se condena, cual los gimnastas de feria, a vejez prematura”.
En definitiva, Cajal defendía que
las personas debían hacer ejercicio acorde a su edad, pero mostraba su
oposición a ese culto exagerado al cuerpo, que había practicado en su juventud,
reflejado en unas fotos, cuando menos sorprendentes y que admiten varias
lecturas.




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