Como seguramente conocen nuestros lectores, junto con los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, existen los cinco Mandamientos de la Iglesia, el tercero de los cuales establece la obligación de recibir la Eucaristía, al menos por Pascua o, como se decía por “Pascua florida”.
Los párrocos ponían especial empeño en que esa obligación fuera cumplimentada por todos sus feligreses, naturalmente en Gracia de Dios, para lo que inevitablemente el cumplimiento debía ir precedido por una confesión general de los pecados.
Para el control
del cumplimiento, se distribuían entre los fieles unas octavillas, en las que
se hacía constar que había comulgado, el lugar y el año. También llegamos a
conocerlas en Borja, aunque no conservamos ninguna de ellas.
No obstante, el
mecanismo de control podía variar y, en muchos casos, las papeletas se entregaban
en el momento de la confesión y, cada persona, debía devolverlas cumplimentadas
al efectuar la comunión. Esos datos eran recogidos en unos libros de matrícula
de cumplimiento pascual, en el período comprendido entre el Domingo de
Resurrección y Pentecostés.



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