Ha sido costumbre, desde hace tiempo, dotar de coronas a las imágenes de la Virgen y el Niño, como ocurría con la de la Virgen de la Peana, que, en este lienzo de Baltasar González, aparece con la corona que llevó desde fecha no conocida.
Algo similar
ocurre con la imagen sedente de la Virgen de Misericordia, en que, tanto ella
como el Niño llevan coronas que, sin embargo, como en el caso anterior, son
meros elementos ornamentales que nada tienen que ver con las coronas utilizadas
en las coronaciones canónicas.
En un artículo
anterior comentamos el origen y desarrollo del rito litúrgico de las
coronaciones canónicas, en las que se utilizan coronas mucho más ricas que, en
la mayoría de los casos, tienen carácter votivo, al haber sido adquiridas con
las aportaciones de muchos devotos.
Son esas piezas
de orfebrería, de diseño muy diverso, las utilizadas por los obispos (siempre
un obispo) para proceder a la coronación canónica de las imágenes. A partir de
ese momento, la corona ya no es solo un adorno, sino un símbolo litúrgico
otorgado por la Iglesia que representa la realeza de María, y su retirada
implica un cambio significativo en el estatus devocional y canónico de la
imagen, porque forma parte indisoluble de la misma.
Para
proceder a la coronación canónica, la imagen es despojada de la corona que,
hasta ese momento, había llevado y que no podrá volver a llevar. Así ocurrió en
el caso de la Patrona de Borja Ntra. Sra. de la Peana, coronada el primer
domingo de mayo de 1989, por el obispo
de la diócesis D. Ramón Búase Otero, con ocasión del II Centenario de la
devoción a la Virgen de la Peana.
El
acto tuvo lugar en la plaza de España, en el transcurso de una solemne
Eucaristía, a la que asistieron bastantes personas, aunque menos de las
esperadas, como puede apreciarse en estas imágenes.
Estuvo
presente en el acto el Presidente del Gobierno de Aragón D. Hipólito Gómez de
las Roces, al que vemos en la imagen con el Alcalde de Borja D. Félix Martínez
Lahuerta y otras autoridades. Se da la circunstancia de que el concejal que
portaba el pendón de la ciudad, por ser el más joven, era D. Lorenzo Nogués
Arrondo, recientemente fallecido.
En
el momento en el que el Sr. Obispo ciñó la corona en la cabeza de la Virgen,
adquirió un carácter muy diferente a la que, hasta entonces, había llevado, de
manera que, en opinión de especialistas en estos temas, esta nuevo corona no
puede ser removida, salvo autorización expresa del Ordinario del Lugar, en
casos excepcionales, pues se corre el riesgo de invalidar la coronación, cuando
esa retirada responde al capricho de una persona.
Este
es el aspecto de la imagen con la corona que aquel día le fue impuesta, junto
con otra al Niño. Había costado 1.545.855 pesetas, procedentes de los 6.567.164
pesetas que habían sido recaudadas, de las que se invirtieron 2.605.193 peseta
en el arreglo de su capilla y 23.314 en la ornamentación del pórtico de la
colegiata. Otros gastos fueron los de edición de publicaciones, que ascendieron
a 443.571 pesetas y las 200.000 pesetas, entregadas como donativos (de 50.000
pesetas) a las congregaciones con misioneros borjanos: Padres Blancos, Hermanas
de la Caridad de Santa Ana; Religiosas de Cristo Rey y Religiosas de la
Consolación. Sumando todos los gastos, puede constatarse que hubo un superavit de
1.737.461 pesetas, entregado a la Asociación de la Virgen de la Peana.
Resumiendo lo
aquí expuesto, una corona canónicamente impuesta no puede ser retirada
arbitrariamente de la imagen y, mucho menos, reemplazada por la que llevaba
antes de ser coronada. Semejantes desatinos solo pueden ser fruto de la
ignorancia, pudiendo llegar a tener graves consecuencias, como hemos comentado.








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