Comenzamos el recorrido por la costa cántabra en la isla de Montehano, situada en la reserva natural de las marismas de Santoña y que, en la actualidad, está unida a tierra por el norte. Tiene forma piramidal, con una altura de 186 metros y la mayor parte de ella está cubierta por un bosque tupido de eucaliptos.
Allí se encuentra
el convento de San Sebastián de Hano, una fundación franciscana, en 1441,
aunque se tienen remotas noticias de un cenobio anterior. En el convento
recibió sepultura, tras su fallecimiento el 17 de diciembre de 1597, Bárbara
Blomberg, amante de Carlos V y madre de D. Juan de Austria quien, para corregir
su vida disoluta, la envió a España para profesar en un convento, donde no
permaneció mucho tiempo, pasando a vivir en Cantabria hasta su muerte.
Tras la Desamortización,
el convento pasó a manos privadas, hasta que, en 1879, la condesa de Casa
Puente lo donó al obispado y allí se establecieron los capuchinos, donde
siguen. El edificio fue declarado BIC en 1981, tras la restauración efectuada
en 1978.
La isla de
Santa Marina tiene el privilegio de ser la de mayor extensión de todo el mar
Cantábrico, con sus 18,5 hectáreas de superficie y una altura máxima de 30,6
metros. Está situada frente al municipio de Ribamontán al Mar, aunque es de
propiedad privada.
Cubierta de
pradera, en buena parte de su superficie, la rodean rocas abruptas que hacen
muy peligroso el acceso. Aunque en la Edad Media era conocida como isla de Don
Ponce, el nombre actual procede la ermita que, dedicada a Santa Marina, fue
edificada en ella.
En 1407, el
canónigo D. Pedro Gutiérrez de Hornayo fundó en la isla el primer monasterio de
la orden jerónima en Cantabria, aunque por la falta de medios de subsistencia,
los monjes se trasladaron a Corbán, donde fundaron un nuevo monasterio. Sin
embargo, el canónigo siguió residiendo en el monasterio que había fundado y, en
su iglesia fue enterrado, hasta que sus restos fueron trasladados al de Corbán,
con el mausoleo que había mandado construir. En el siglo XVII, la isla pasó a
manos de los Jorganes, cuya familia sigue teniéndola en propiedad, por lo que
también suele ser conocida como isla de los Jorganes.
En el fondo de la bahía de Santander, frente a la localidad
de Pontejos, se encuentra la isla de Pedrosa que, con sus 10,4 hectáreas de
superficie es otra de las mayores del Cantábrico.
En 1869, se
creó allí un lazareto como lugar de cuarentena para los tripulantes de los
buques que llegaban a Santander, procedentes de zonas contaminadas. En 1909 fue
transformado en Sanatorio Marítimo Nacional, al que se le dio el nombre de
Víctor Meana, en homenaje a uso de sus médicos.
Sus modernas
instalaciones sirvieron para acoger niños tuberculosos, procedentes de varias
regiones españolas. El rey Alfonso XIII lo visitó en 1914, para proceder a su
inauguración oficial. Llegó a tener 600 camas y dejó de funcionar en 1969.
A partir, de
entonces, el abandono se cernió sobre los antiguos edificios que Hispania Nostra
incluyó en su Lista Roja. Sin embargo, algunos edificios son parte de la
Fundación Cántabra Salud y Bienestar Social, que han aprovechado las
infraestructuras para proyectos con jóvenes drogodependientes en rehabilitación.
Entre los
edificios que han sido restaurados se encuentra el antiguo Teatro Infanta Beatriz,
con una inversión de 200.000 euros, por parte del Gobierno de Cantabria, para
convertirlo en Centro de Interpretación.
Algunas de las fotos
que hemos localizado, muestran que también se ha actuado en otros edificios.
Mientras tanto, como ocurre en el Sanatorio de Agramonte, la isla es punto de
destino para los amantes de los fenómenos paranormales, que intentan captar psicofonías
de los niños que allí estuvieron alojados.












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