sábado, 11 de abril de 2026

Islas que dieron nombre a otros patrulleros de la Armada V

         La séptima unidad de la serie de patrulleros, clase Anaga, fue el P-27 Ízaro, botado en San Fernando, junto con otros tres, el 15 de diciembre de 1980. Inicialmente, fue destinado a Ferrol, prestando servicio en el Cantábrico y, en 2002, fue enviado a Almería, donde estuvo destacado hasta su baja en la Armada el 3 de diciembre de 2010.

 


         Tomó el nombre de una isla, situada en la costa de Vizcaya, frente a las localidades de Bermeo y Mundaca, las cuales se disputaron su posesión, resuelta mediante un curioso procedimiento.

         La isla, de forma alargada, tiene 675 metros de longitud y unos 250, en su parte más ancha, siendo su altura máxima de 44,50 metros. Su historia es sumamente interesante y merece ser conocida.

 

         Como hemos comentado, la posesión de la isla se la disputaban Bermeo y Mundaca, que está más cerca. El pleito se prolongó en el tiempo, hasta que, según la leyenda, decidieron dirimirlo con una regata, protagonizada por embarcaciones de las dos localidades, que fue ganada por la de Bermeo.


         Desde entonces, cada año, el día de Santa María Magdalena (22 de julio) la primera autoridad de Bermeo, lanza al mar, frente a la isla, una teja, mientras grita: “Honaino heltzen dira Bermeoko ituginak” (Hasta aquí llegan las goteras de Bermeo), porque la teja representa un signo de propiedad. Después, la embarcación recorre las localidades de Mundaka y Elantxobe (que fue árbitro de la regata), celebrando actos de hermandad.

 

         En la isla, el obispo de Calahorra D. Diego López de Zúñiga fundó un convento franciscano, en 1422, que llegó a ser famoso, siendo visitado por varios monarcas, entre ellos los Reyes Católicos. El convento fue abandonado en 1719, debido a la inseguridad en la que se encontraban los frailes, a causa de frecuentes saqueos. Aún quedan restos del convento en la isla.



         También se conservan restos de la escalera construida con los fondos que dio la reina Isabel para facilitar el acceso al convento desde la costa, así como el curioso dispositivo que existía para afianzar el bote en el que los religiosos se trasladaban a la península para recaudar limosnas. Cumplido su cometido, el bote era izado por medio de una estacha que atravesaba la piedra con un orificio que se ve en esta imagen, quedando suspendido.


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