La parroquia de Borja celebra hoy la fiesta de los mártires nacidos en nuestra ciudad o relacionados con ella, la mayor parte de los cuales fueron martirizados, por odio a la Fe, en el transcurso de la Guerra Civil. Tres de ellos han sido ya beatificados y otros tres tienen incoada la correspondiente causa de beatificación, estando muy avanzada en algún caso.
Aunque sobre
ellos y las circunstancias de su muerte hemos ofrecido noticias en diversas
ocasiones, hoy queremos recordar a todos ellos, con ocasión de fecha tan
señalada.
Beata Carmen (Isabel) Lacaba Andía
La Madre María Isabel del Carmen
Lacaba Andía nació en Borja el 3 de noviembre de 1882. Era hija de María Andía Cerico, natural de
Trasmoz y del borjano Juan Lacaba Arilla, un humilde agricultor.
Fiel a su vocación religiosa,
ingresó en el convento concepcionista de San José, situado en la calle Sagasti
de la capital de España, el 3 de noviembre de 1902. Elegida superiora de la
comunidad en 1935, tuvo que padecer la persecución religiosa de aquellos
terribles momentos, acrecentada en julio de 1936, cuando tuvieron que abandonar
el convento (lo habían hecho anteriormente, en varias ocasiones) y refugiarse
en un piso de la calle Manuel Silvela. Ante la gravedad de la situación, la
comunidad se dispersó. La Madre Isabel pudo salvarse, pero decidió permanecer
con las religiosas más ancianas, una de ellas inválida. De allí fueron sacadas,
con extrema violencia, en la tarde del 7 de noviembre de 1936, por milicianos
armados y asesinadas, poco después, en una plaza de Madrid.
Las mártires pertenecientes a la
comunidad del convento madrileño de San José, situado en la calle de Sagasti de
Madrid fueron, junto a la Madre Lacaba (superiora del mismo) otras nueve
religiosas: sor Petra Peirós Benito; sor Asunción Monedero; sor Manuela Prensa
Cano; sor Balbina Rodríguez Higuera; sor Beatriz García Villa; sor Ascensión
Rodríguez Higuera; sor Juana Ochotorena Arniz; sor Basilia Díaz Recio y sor
Clotilde Campos Urdiales.
Fueron beatificadas en la catedral
de la Almudena de Madrid el 22 de junio de 2019 en una solemne ceremonia en la
que estuvo presente una importante representación borjana. Junto a ellos fueron
beatificadas otras dos religiosas del convento de El Pardo que, al igual que el
de Madrid, había sido fundado por Sor Patrocinio, una figura que alcanzó gran
relevancia en el siglo XIX, por su relación con Isabel II y otros políticos de
la época. Asimismo, fue beatificada otra religiosa del convento de Escalona. Su
memoria litúrgica se celebra el 6 de noviembre.
Sobre las circunstancias de la
muerte de la Madre Isabel Lacaba hay relatos estremecedores. Al parecer, cuando
fueron a detenerlas, al encontrar a dos de las religiosas imposibilitadas para
bajar andando, quisieron tirarlas por el hueco de la escalera, lo que evitó el
portero, ofreciéndose a bajarlas en brazos.
Algunas informaciones afirmaban
que, una vez en la calle, fueron asesinadas a palos, mientras que otras fuentes
señalan que llegaron a ser conducidas a una checa. Lo que hemos podido conocer,
a través de un artículo publicado por el Prof. D. Javier Paredes, catedrático
de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá de Henares, es la posible
implicación de un sacerdote en la detención y ejecución de estas religiosas,
por sorprendente que puede parecer.
Se trataba de Pablo Sarroca Tomás
de cuya trayectoria personal existen numerosos datos. Había nacido en
Vic-Bigorres (Francia) el 31 de enero de 1889, donde residían sus padres que,
muy pronto, regresaron a España, estableciéndose en Cataluña, donde Pablo cursó
la carrera eclesiástica. En 1917, ingresó por oposición en Cuerpo Eclesiástico
del Ejército de Tierra, como Capellán Segundo y antigüedad de 18 de octubre de
ese mismo año. Por el único escalafón que hemos podido consultar sabemos que,
en 1923, se encontraba destinado en el Regimiento Sicilia nº 7, todavía con el
empleo de Capellán 2º.
En guerraenmadrid.blogspot.com
donde se le dedica un artículo se señala que también ocupó destino en las
siguientes unidades: Regimiento de Infantería de Ceuta, Luchana nº 28, Batallón
de Montaña de Reus, Hospital Militar de Vitoria y Academia Especial de
Ingenieros, desde la que pasó, al proclamarse la II República a la I Región
Militar, tras haber ascendido a Capellán Mayor (Comandante). Allí ocupó el
puesto de Teniente Vicario General de la Región y no el de Vicario General, que
era de empleo superior.
Muy poco después publicó un folleto
de 12 páginas dirigido al Gobierno Provisional de la República Española, “en
testimonio de profunda admiración y de adhesión sincera”. Lo firmaba como Pablo
Sarroca, Capellán del Ejército y Teniente Vicario de la Primera División,
aunque “en nombre de sus compañeros” que es probable que no compartieran sus
opiniones. Se suele afirmar que fue editado en 1932, pero comoquiera que el
Gobierno Provisional fue reemplazado por uno efectivo, el 15 de diciembre de
1931, tras ser aprobada la nueva Constitución, la fecha de su aparición tuvo
que ser anterior.
Las ideas políticas del capellán
eran completamente afines al nuevo régimen, en el que supo desenvolverse con
extraordinaria soltura, trabando una gran amistad con D. Manuel Azaña, entonces
Ministro del Ejército que lo incorporó como capellán a su gabinete. También
cultivó la amistad con D. Indalecio Prieto y con el futuro Presidente de
Gobierno D. Francisco Largo Caballero.
Sin embargo, al ser suprimido el
Cuerpo Eclesiástico, causó baja definitiva en el Ejército, al igual que el
resto de sus compañeros con “pérdida de empleos, prerrogativas, sueldos,
gratificaciones, pensiones, honorarios, condecoraciones y demás que les corresponda”.
Con anterioridad, en el mes de agosto, había sido detenido por la Policía, por
su condición de sacerdote, lo que no le impidió ofrecer una gran violenta
resistencia como relató, posteriormente, el agente Constantino Neila Valle que
fue quien se personó en su domicilio. Con los cargos de “desafecto” y
“resistencia a la autoridad” pasó a la cárcel, donde no permaneció mucho tiempo
ya que, merced a sus influencias fue liberado en los primeros días de
septiembre, evitando una más que segura ejecución como le sucedió a otros
muchos sacerdotes.
Pero, lo más sorprendente es que el
13 de septiembre de 1936, poco después de su puesta en libertad, el propio
Largo Caballero lo destinó como agregado a la Sección de Información del Estado
Mayor del Ministerio de la Guerra, con los haberes de su anterior empleo,
reconociendo las “excepcionales circunstancias que concurren en el ex capellán
del Ejército D. Pablo Sarroca Tomás y su reconocida adhesión al régimen”.
Se trataba del recién creado
Servicio de Inteligencia en el que Pablo Sarroca, ya totalmente ajeno a su
condición sacerdotal, ejerció primero como censor de correspondencia, dados sus
conocimientos de idiomas, y muy pronto con la misión de interrogar a los
prisioneros detenidos en la checa que dependía del Servicio, donde destacó por
su crueldad.
Ataviado con mono y pistola al
cinto, comenzó al mismo tiempo a colaborar con el Ateneo Libertario de Ventas,
a cuyos miembros facilitó armas y a los que denunciaba a personas de ideología
de derechas que eran fusiladas.
Allí, encontró campo libre para su
pasión por las mujeres: Gregoria Rubio y Julia Redondo fueron dos de sus
colaboradoras, siendo las encargadas de comunicarle las ejecuciones efectuadas
tras sus denuncias. No obstante, mantenía una relación marital con su cuñada
Flora García Martínez, que llegó a acusarle de haber intentado abusar de su
hija.
Pero en las fotografías conservadas
con quien suele aparecer es con una agraciada joven, de 18 años, llamada Julia
Sanz López, por la que sentía especial predilección. Se conservan también testimonios de
su afición a la bebida y de su codicia ya que llegó a chantajear a varias
personas para que le entregaran importantes cantidades de dinero para evitar
ser acusadas de desafectas. Comoquiera que, en varias ocasiones, dio
cumplimiento a sus amenazas, en el verano de 1937, la Dirección General de Seguridad
encomendó al inspector D. Francisco Jiménez Mejías que lo investigara por la
acusación de asesinato.
Volvió a ser detenido, pero de
nuevo sus influencias le permitieron obtener la libertad. Había aducido en su
defensa el “haber dado el paseo a doscientos fascistas”, prometiendo que, si
salía de la cárcel, podría hacer lo mismo con otras trescientas personas que
conocía. Siguió sembrando el terror en su barrio hasta el final de la guerra.
Al no poder huir, su detención definitiva se produjo poco después, siendo trasladado a la Casa de Trabajo de Alcalá de Henares. Inmediatamente se le instruyó la causa sumarísima nº 13.950 ante el Juzgado Militar de esa ciudad, compareciendo a declarar numerosos testigos que ratificaron los graves hechos por los que era procesado. De resultas del procedimiento fue condenado a muerte, siendo ejecutado al amanecer del 13 de noviembre de 1940. Su viuda Flora García Martínez, como cómplice de su proceder delictivo, fue condenada a cadena perpetua, posteriormente conmutada por la de 30 años de reclusión, siendo finalmente indultada, tras permanecer en prisión.
Beato Antonio Lasa Vidaurreta
El beato Antonio Lasa Vidaurreta,
nació en un caserío de Loizu (Navarra), un pequeño lugar del valle de Erro, el
28 de junio de 1913. Era hijo de Miguel Lasa y de Josefa Vidaurreta, un
matrimonio de profundos sentimientos religiosos que tuvieron cinco hijos. El
mayor, Félix, fue médico; Eduardo fue Abogado del Estado y desempeñó
importantes cargos en la Administración; Antonio, el mártir; Higinio que, como
heredero único, quedó a cargo de la hacienda familiar y contrajo matrimonio en Borja;
y Fermín, el menor, que fue militar.
Periódicamente visitaban Erro unos
misioneros que, con sus charlas, despertaron la vocación religiosa de Antonio
quien, al cumplir los once años, fue admitido como postulante en la casa que la
Congregación de Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos popularmente
como misioneros claretianos, tenían en Santo Domingo de la Calzada.
De allí pasó a Salvatierra, donde
realizó el noviciado y, posteriormente, a Beire para cursar los tres años de
Filosofía. Los estudios de Teología los hizo en Santo Domingo de la Calzada
pero, al terminar el tercer curso, obtuvo permiso para pasar a la provincia
claretiana de Bética, cuyo teologado estaba en Zafra, adonde llegó en 1935. Las
circunstancias del momento aconsejaron el cierre de la casa, pasando los
alumnos a la casa de Ciudad Real, donde les sorprendió el inicio de la Guerra
Civil.
El 23 de julio de 1936, el edificio
fue incautado por las milicias populares y los estudiantes tuvieron que
refugiarse en el convento de carmelitas de esa ciudad. Allí les fue comunicada
por el propio Gobernador Civil, su condición de detenidos, sin explicarles las
razones de esa decisión. Finalmente, unos días después fueron autorizados a
trasladarse a Madrid, con los salvoconductos que les fueron facilitados.
En la estación de Ciudad Real la
multitud congregada intentó impedir que subieran al tren los 14 alumnos
claretianos, con gritos de “¡No los dejéis marchar! ¡Son frailes! ¡Matadlos!”.
Finalmente, el convoy se puso en marcha, pero en la siguiente estación que era
la de Fernán Caballero, el tren fue asaltado y los 14 jóvenes fueron asesinados
en el mismo andén. Entre ellos se encontraba Antonio Lasa que acababa de
cumplir 23 años.
Sus restos y los de sus compañeros
mártires fueron inhumados, inicialmente, en el cementerio de Fernán Caballero.
Al finalizar la guerra fueron trasladados al panteón que los claretianos tenían
en Madrid y, en 1950, se llevaron a la parroquia del Inmaculado Corazón de María
de la capital de España. Ahora, se encuentran en la parroquia de San Antonio
María Claret de Sevilla, donde son venerados, tras su beatificación.
El 13 de octubre de 2013, con
ocasión del Año de la Fe, fueron beatificados en Tarragona 522 mártires del
siglo XX en España. Fue la beatificación más numerosa de las realizadas hasta
entonces y, entre esos mártires, se encontraban los religiosos claretianos
asesinados en Sigüenza y Fernán Caballero.
Su memoria litúrgica se celebra el
6 de noviembre, con la de todos los mártires españoles del siglo XX, pero
también puede conmemorarse el 28 de julio, fecha de su martirio.
Curiosamente, el nombre de Antonio
Lasa figura en las lápidas de los caídos de Borja que hoy se conservan en el
Cementerio Municipal, aunque no había nacido aquí ni llegó a visitar nunca
nuestra ciudad.
Pero su recuerdo ha permanecido unido a Borja, dado que, al quedar viuda su madre en 1927, se trasladó a vivir aquí con todos sus hijos, salvo Antonio que, como hemos señalado, había ingresado en la congregación de los claretianos tres años antes. En Borja contrajo matrimonio su hermano Higinio, con Ana Bonel, con la que tuvo descendientes y en Borja está enterrada su madre y Celestino Itoitz con el que se casó en segundas nupcias y ejerció como padre de los niños.
El beato Pablo
Bori Puig S. J. había nacido en El Vilet de Maldà (Lleida) el 12 de
noviembre de 1864. Cursó los estudios eclesiásticos en el seminario de
Tarragona y fue ordenado sacerdote en 1888.
Cuando tenía 26
años y había ejercido su ministerio pastoral en varias parroquias, decidió
ingresar en la Compañía de Jesús y el 7 de septiembre de 1891 llegó al
noviciado que, pocos años antes, habían abierto los jesuitas en el monasterio
de Veruela. Allí efectuó su profesión perpetua en 1904 y permaneció varios
años.
Comoquiera que
era sacerdote, durante su permanencia en Veruela fue enviado a Borja para
dirigir, en el otoño de 1903, unos ejercicios espirituales en la iglesia de la
Concepción, dirigidos a los jóvenes de la ciudad.
Sus
meditaciones causaron un gran impacto y el fruto más importante de aquellos
ejercicios fue la fundación de la Congregación Mariana, fundada el 26 de
noviembre de 1903 en aquella iglesia, razón por la cual el Centro de Estudios
Borjanos ha propuesto varias veces, sin éxito, la colocación de una placa que
recuerde ese acontecimiento.
En realidad, fue una refundación, dado que la Congregación de María Inmaculada y San Luis Gonzaga había sido erigida canónicamente en 1867 por el P. Guberna S. J. pero las circunstancias políticas del momento y la revolución de 1868 impidieron que llegara a fructificar, razón por la cual el beato Pablo Bori puede ser considerado el verdadero fundador de esa asociación que tanta importancia tuvo en nuestra ciudad y a la que él dirigió durante sus primeros años. Se trasladaba desde Veruela para alentar a los jóvenes a perseverar en el camino emprendido y, en 1915, publicó en la Editorial Católica Pontificia de Barcelona la obra Fin y utilidad de las Congregaciones Marianas en las parroquias, en la que relató sus experiencias borjanas, que no hemos podido conseguir.
En 1918, fue
nombrado administrador de la Casa Noviciado de Gandía y, en 1927, Procurador
del Sanatorio de San Francisco de Borja, en Fontilles (Alicante), aunque siguió
viviendo en Gandía hasta la supresión de la Compañía de Jesús durante la II
República. Publicó también unos Apuntes para la historia de Fontilles.
Tras la
disolución de la Compañía y el exilio de sus miembros, el beato Pablo Bori
decidió permanecer en Valencia, impartiendo ejercicios espirituales y
encargándose de la dirección espiritual de otros jesuitas que se habían quedado
en España.
Al estallar la guerra civil, se
refugió en el Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados pasando por
un anciano más, junto con el hermano jesuita Vicente Sales Genovés, pero
delatados por otro de los asilados fueron detenidos. El beato Pablo Bori tenía
71 años y por su delicado estado de salud fue conducido inicialmente a un
hospital del que fue sacado para ser fusilado, en compañía del hermano Vicente
Sales Genovés S. J. el 29 de septiembre de 1936.
Cuando era llevado al lugar de la
ejecución, en Benimaclet, les dijo a sus verdugos: “En el nombre de Dios por el
que vais a matarme y en el que no creéis, yo os perdono y doy mi bendición”.
Fue beatificado por San Juan Pablo
II el 11 de marzo de 2001, en la plaza de San Pedro de Roma, junto con otras
232 víctimas de la persecución religiosa en la región levantina. Su memoria
litúrgica se celebra el 6 de noviembre, con la de todos los mártires españoles
del siglo XX, pero también puede conmemorarse el 29 de septiembre, fecha de su
martirio.
Jesús Ballesta Tejero S. J.
Hasta ahora, hemos mencionado a los mártires ya beatificados, a los que añadimos los que tienen incoada la correspondiente causa de beatificación. Uno de ellos es el P. Jesús Ballesta Tejero, nacido en el monasterio de Veruela el 1 de enero de 1903, aunque siempre se consideró borjano, dado que de aquí eran sus padres Manuel Ballesta y Francisca Tejero, un matrimonio ejemplar que se había hecho cargo de la hospedería de Veruela. Tenían seis hijos, siendo Jesús el menor de todos ellos.
Fue bautizado
en la parroquia de Vera de Moncayo, aunque sus primeros años transcurrieron en
el monasterio, convertido en noviciado de la Compañía de Jesús. Allí hizo la
Primera Comunión y, antes, aprendió a leer con el hermano portero Adrián
Trullo. Poco después continuó su formación en la Escuela Apostólica que tenían
los jesuitas en el propio monasterio para los hijos de los que prestaban
servicio allí.
A los 13 años
fue enviado a la Escuela Apostólica de Roquetas (Tarragona), donde creció su
vocación religiosa, ingresando al cumplir los 15 años en el noviciado de
Gandía. Entre 1920 y 1923 realizó el juniorado y los estudios humanísticos en
Veruela, pasando después a Sarriá para llevar a cabo los de Filosofía. Tras
unos años en el colegio del Salvador de Zaragoza, volvió a Sarriá para efectuar
los cursos de Teología, donde le sorprendió el decreto de expulsión de la
Compañía de Jesús, al proclamarse la II República. Enviado a Aalbeck bei
Hulsberg (Holanda), el 27 de agosto de 1932 fue ordenado sacerdote y
posteriormente completó su formación en Bélgica y Alemania.
En el verano de 1934 fue destinado
a una obra social que, bajo el nombre de “Cultura y Acción” tenían los jesuitas
en Madrid, funcionando como asociación civil. De camino hacia la capital de
España tuvo la oportunidad de celebrar una misa ante al altar de la Virgen de
la Peana, Patrona de Borja. Durante los meses siguientes, su labor se centró en
la puesta en marcha de un sindicato católico y en la publicación de artículos
en la revista Adelante, de la Juventud Sindicalista, que firmaba con el
seudónimo “J. Borja” (no dejar de ser significativo que eligiera el nombre de
“Borja” como seudónimo).
Durante aquellos meses puso de
manifiesto su compromiso con el mundo del trabajo y con una manera de entender
su acción apostólica de forma mucho más próxima a nuestra mentalidad actual. En
mayo de 1935, con ocasión de una nueva visita a Borja para atender a sus
padres, predicó durante la fiesta de la Virgen de la Peana, causando un gran
impacto tanto en Santa María como en la Casa del Congregante en la que se
reunió con los jóvenes de la Congregación Mariana. La guerra le sorprendió en
Madrid, residiendo con otros jesuitas en un piso de la calle Bárbara de
Braganza.
Fue detenido el 8 de agosto de 1936 y conducido a la checa Linneo, donde fue torturado y, posteriormente asesinado en la noche de ese mismo día en la pradera de San Isidro. El 16 de diciembre de 1942 fue incoado su proceso de beatificación en la diócesis de Madrid-Alcalá. Concluido el 4 de febrero de 1943, fue remitido a Roma donde aún está pendiente de resolución junto al de otros jesuitas, víctimas de la Guerra Civil.
Gracias a las imágenes del cadáver
tomadas por la Policía, con algunos datos acerca del lugar de su enterramiento
pudo ser identificado tras la guerra, pero la exhumación de sus restos de la
fosa común en la que supuestamente se encontraba no fue concluyente, entre
otras razones porque en aquellos momentos no existían las técnicas actuales. En
opinión de su biógrafo, el P. Azpiazu S. J. (cuya obra tenemos en nuestra
biblioteca) ello podría suponer algún problema para la feliz conclusión del
proceso, aunque es mucho más probable que en ello haya influido el poco interés
de la Compañía de Jesús en su tramitación.
Cuando fue iniciado el proceso para
la beatificación de un mártir era necesario probar un milagro realizado por su
intercesión, aunque desde la reforma de 1983, ya no se requiere en estos casos.
No obstante, en la obra del P. Azpiazu se mencionan algunos hechos llamativos
que se aportaban sin que hubiera una declaración expresa de su carácter
milagroso. Dos de ellos habían ocurrido en Borja. Uno era el del hijo de “un
herrero” que contrajo una meningitis, enfermedad sumamente grave en aquellos
momentos, de la que curó sorprendentemente tan pronto como colocaron una
estampa del P. Ballesta bajo su almohada. En el otro caso cita expresamente el
nombre de su protagonista, Dª. Josefina Pablo, a la que le desapareció el tumor
del que iban a intervenirle, tras rezar una novena al Siervo de Dios.
En el libro se
inserta también esta fotografía de sus padres D. Manuel Ballesta y Dª.
Francisca Tejero. De esta última conservamos numerosas referencias acerca de la
entereza con la que asumió la muerte de su hijo que, como hemos dicho, era el
menor de los seis que tuvo el matrimonio. Todos, salvo Jesús, habían nacido en
Borja ya que el matrimonio pasó a regentar la hospedería de Veruela en 1902,
estando ya la madre embarazada y, por ese motivo, vino al mundo en el
monasterio el primer día del año siguiente, siendo bautizado el 3 de enero en
la iglesia parroquial de Vera del Moncayo.
Al tener
noticia de su trágica muerte, su madre la “señora Paca” como era conocida en
Borja, corrió a rezar ante la Virgen de la Peana. Cuentan los que lo
presenciaron que, al preguntarle si iba a pedir por su hijo, contestó con
entereza: “No, rezo por los que lo mataron”. Hubo quien, intentó consolarla
diciendo: “Qué suerte Paca, ahora que tienes a tu hijo en el cielo, podrás
pedir lo que quieras” y aquella mujer admirable respondió: “Para qué recurrir a
un hijo si siempre ha estado conmigo ayudándome el Padre”.
Entre los recuerdos que también
conservamos en nuestro archivo se encuentra la estampa editada para pedir al
Señor que el Siervo de Dios puede alcanzar “los honores de la beatificación y
canonización” largo tiempo demorados.
Al pie de la estampa aparece el
nombre de quien, probablemente, fue vicepostulador de la causa, el P. Francisco
Javier Peiró Peiró S. J. (1883-1969) un destacado jesuita, como predicador y
escritor, que había sido deán de la catedral de Cádiz y, a los 40 años, ingresó
en la Compañía de Jesús.
El 6 de
noviembre de 1874 nació en Borja César Florencio Manero Zaro, hijo del
zapatero D. Rufino Manero y de Dª. Antonia Zaro, ambos naturales de esta ciudad.
Fue bautizado al día siguiente en la parroquia de Santa María por el cura
ecónomo D. Nicasio Marzol, siendo madrina su hermana Francisca Manero Zaro.
Gracias a la
amabilidad de Dª. Mabel Mayor Manero, familiar del mártir, pudimos conseguir
esta fotografía, realizada poco después de su ordenación sacerdotal, que también
ha sido utilizada para las estampas editadas por la postulación de la causa.
Sí teníamos de sus abuelos maternos
D. Blas Zaro Aznar y Dª. Vicenta Meneses Foncillas, a través de estos retratos
pintados por D. Baltasar González, amigo de la familia. Ambos habían nacido en
Borja y D. Blas Zaro era “propietario” con una situación económica desahogada.
Distinto era el caso de la línea
paterna ya que el padre, D. Rufino Manero era zapatero, como se hace constar en
la fe de bautismos, mientras que el abuelo D. Mariano Manero Aguerri era
tejedor. Era, por lo tanto, una familia de artesanos, todos ellos borjanos,
salvo la abuela Catalina Cebrián Balo, natural de Alcalá de Ebro.
César era el menor de los hijos del
matrimonio. Fernando era el mayor, pues había nacido en 1867, falleciendo en
1899. En 1869 había nacido Flor (Florencia), la cual también murió muy joven, a
los 17 años. Fue también retratada por D. Baltasar que, además compuso el poema
que aparece grabado en su tumba: “Vivió lo que la rosa una mañana;/ el jardín
de su casa sumió en el duelo./ Mas si secó la muerte flor tan lozana,/ su aroma que era el alma, voló hasta
el cielo.”. No tenemos datos de Francisca, la madrina del bautizo, pero entre
los familiares relacionados con el mártir se encuentra la famosa cineasta
Natividad Zaro y, por otra rama, el catedrático de Química D. José Corella.
El párroco fue
asesinado nada más efectuar la entrega del libro. Al parecer le dispararon al
pasar frente a la Casa Consistorial, cuando volvía a la parroquia. Su nombre
figura en una lápida situada en la fachada exterior de la actual catedral de
Alcalá de Henares, junto con el de otros sacerdotes víctimas de la persecución
religiosa.
En 2016, el
obispo de Alcalá, incoó la causa de beatificación de 44 de esas víctimas: 14
sacerdotes diocesanos, 14 religiosos y 16 laicos. Entre estos últimos están el escritor
Pedro Muñoz Seca y el abogado D. Ricardo de la Cierva. Finalizada la fase
diocesana de la causa en 2019, fue elevada a Roma, donde está a la espera de su
aprobación definitiva.
Mariano Tabuenca Laborda
El 24 de julio de 1875 nació en
Borja el P. Mariano Tabuenca Laborda. Era hijo del zapatero Mariano
Tabuenca y de Bonifacia Laborda. Fue bautizado en la parroquia de San Bartolomé
y confirmado en la de Santa María el 21 de agosto de 1878 por el cardenal fray
Manuel García Gil, arzobispo de Zaragoza.
Tras cursar
los estudios primarios en nuestra ciudad, marchó a Barbastro, bajo la tutela de
su tío el P. Manuel Laborda Domínguez (con el que aparece en la única foto
disponible), también natural de nuestra ciudad. Estudió primero en el colegio
de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl de esa ciudad y el 21 de
agosto de 1889 ingresó en el seminario escolapio de Peralta de la Sal. Allí
emitió sus primeros votos el 22 de agosto de 1891 e inició la carrera
eclesiástica que continuó en los juniorados de Irache y San Pedro Cardeña. En
este último lugar hizo sus votos perpetuos el 27 de diciembre de 1895. Tras
recibir las órdenes menores en Burgos, fue ordenado diácono en Pamplona el 3 de
abril de 1897. Por fin el 1 de abril de 1899 recibió la ordenación sacerdotal
en la catedral de Jaca, de manos del obispo de esa ciudad D. Antolín López
Peláez.
Todo su
ministerio lo desarrolló en el colegio que los escolapios tenían en Barbastro.
Llegó allí con 22 años y se hizo cargo de la formación de sucesivas
generaciones de jóvenes, a los que impartió Historia, Literatura, Geografía,
Derecho y de manera especial Latín, disciplina de la que fue un excelente
profesor. Por otra parte, tenía a su cargo la iglesia del colegio y también fue
cronista de la comunidad de la que, al comienzo de la Guerra Civil era el más
anciano, tras el P. Félix Álvarez.
Había perdido
la audición y sufría mucho por una hernia inguinal que le impedía caminar con
normalidad. Ello no fue obstáculo para que el 19 de julio de 1936, cuando
volvía de celebrar Misa en el colegio de las Hijas de la Caridad, fuera
detenido junto con el resto de religiosos escolapios.
Permaneció encerrado en una celda hasta que fue sacado para ser fusilado. Al reconocer que la persona que le zarandeaba con crueldad era uno de sus antiguos discípulos se echó a llorar y le preguntó humildemente por qué le trataba así. “Por ser cura” fue la respuesta que recibió.
Le ataron a otro compañero, tras darse la absolución uno al
otro. Apiñados en un camión fueron conducidos por el camino de Fornillos hasta
la Cruz de Selgua, donde fueron ejecutados todos los miembros de la comunidad
escolapia.
Incoado el correspondiente proceso de beatificación en2001 junto con otros 110 mártires, entre los que se encuentran 19 sacerdotes de la diócesis de Zaragoza, 23 de la de Teruel-Albarracín, 25 religiosos escolapios, 4 monjas clarisas, 30 laicos de la diócesis de Zaragoza y 8 laicos de la diócesis de Teruel-Albarracín, tras finalizar la fase diocesana fue remitido a Roma, en 2008, donde prosigue su tramitación que se encuentra muy avanzada.
Mártires Terciarias Franciscanas de Cubas
Fue el Dr. D.
Alberto Aguilera Hernández quien tuvo conocimiento, a través del blog del
sacerdote D. Jorge López Teulón, de la ejecución de ocho religiosas del
monasterio de Santa María de la Cruz de Cubas de la Sagra (Madrid), tres de las
cuales eran de familia borjana. Se trataba de Sor Rosa del Patrocinio de San
José Domínguez Irache, su hermana Sor Teresa del Niño Jesús Domínguez
Irache y Sor Ángeles Aguarón Tabuenca.
Las hermanas
Domínguez Irache eran hijas de D. Santos Domínguez Marco y Dª. Miguela Irache
Sanjuán, ambos naturales de Borja. Sor Rosa había nacido el 5 de marzo de 1887,
siendo bautizada en la parroquia de Santa María, con los nombres de Nicolasa
Rosa que trocó por el de Rosa del Patrocinio de San José, cuando ingresó en el
convento, donde efectuó su profesión religiosa el 27 de mayo de 1913. Murió a
los 49 años de edad y 25 de vida religiosa.
Su hermana
nació el 6 de octubre de 1900 en Sos del Rey Católico, donde estaba destinado
el padre como Guardia Civil. Fue bautizada el día 12 de octubre de 1900, con el
nombre de María del Rosario Bruna. Tras entrar en religión, profesa el 19 mayo
de 1928, con el nombre de Sor Teresita del Niño Jesús y en otros papeles Sor
María del Rosario de Santa Teresita. Murió a los 36 años de edad y 10 de vida
religiosa.
Sor Ángeles
Aguarón Tabuenca había nacido en Borja el 8 de diciembre de 1894 y fue
bautizada en la parroquia de San Bartolomé ese mismo día, recibiendo el nombre
de María Concepción. Sus padres eran D. Marcial Aguarón y Dª. Inocencia
Tabuenca. Al morir su padre en 1913 se trasladó a vivir a Tarazona. Allí continuaba
residiendo, cuando su madre le da permiso para ingresar en Cubas, con fecha de
7 de marzo de 1924. Murió a los 43 años de edad y 12 de vida religiosa.
Ignoramos las
razones que las llevó a profesar en ese monasterio levantado en el lugar, donde
en marzo de 1449 se apareció la Virgen a la pequeña pastora Inés Martínez
Sánchez, dejando clavada una cruz que le dio nombre. Allí se levantó primero
una pequeña capilla que más tarde se convirtió en convento por iniciativa del
cardenal Cisneros. Pertenecía a la Tercera Orden de San Francisco y, por lo
tanto, era un beaterio en el que se recogían terciarias franciscanas para vivir
en comunidad.
Su historia
está especialmente marcada por la figura de la madre Juana de la Cruz
(1481-1534), una mística que tuvo una enorme influencia y que llegó a ser
conocida como la “Santa Juana”, aunque su proceso de beatificación no ha
recibido el impulso definitivo hasta que, recientemente, el Papa Francisco
firmó el decreto por el que se reconocían sus virtudes heroicas como paso
previo a su elevación a los altares. Nombrada abadesa, siendo muy joven, el
convento gozó del favor de los monarcas que le concedieron numerosos
privilegios, que hicieron del mismo uno de los más importantes de España.
Además, por su proximidad a la
capital de España se convirtió en un importante centro de peregrinación.
Saqueado por los franceses durante la Guerra de la Independencia, quedó
completamente destruido al ser incendiado en 1936. Al finalizar la guerra, en
el mismo lugar fue construido el actual convento Regiones Devastadas, al que
pudieron volver las religiosas en 1943. En 1974, pasaron a integrarse en la
Segunda Orden de San Francisco y son, por lo tanto, franciscanas clarisas.
En ese
convento se encontraban nuestras religiosas en 1936. Aunque no tenemos
fotografías individuales de las mismas, en estas fotografías realizadas poco
antes del inicio de la guerra aparece toda la comunidad, a los pies de la imagen
de la Virgen de la Cruz (la lleva en la mano), la cual fue profanada y quemada
después.
En Cubas tenía un chalet D. Ángel
Ossorio y Gallardo, destacado político que había sido Diputado por Caspe y
Ministro durante la monarquía. En 1931 fue elegido Diputado por Madrid para las
Cortes Constituyentes y, en 1936, el Gobierno de la República lo nombró
embajador en Francia. Terminó exiliándose en Argentina, pero su condición de
católico y su relación con las religiosas de Cubas influyeron para que, con el
fin de protegerlas, en la mañana del 31 de julio, enviara a un delegado de
Seguridad para trasladarlas a Madrid, junto con las religiosas del convento de
Griñón que se habían refugiado en el de Cubas.
Escoltadas por milicianos llegaron
ese mismo día a la capital de España, siendo alojadas en las casas de algunos
familiares y amigos. Las tres borjanas y otras cuatro compañeras fueron
acogidas en un piso situado en la calle Castelló nº 19, propiedad de uno tío de
las hermanas Domínguez Irache, llamado Antonio Irache, el cual consiguió un
permiso para alojarlas.
El 18 de
octubre de 1936 un grupo de hombres armados, al mando de Antonio Bermejo (al
que corresponde la imagen), un policía perteneciente al 2º grupo del puesto nº
28 de las Milicias de Vigilancia del Círculo Socialista Latina-Inclusa, las
detuvo al ser identificado el lugar de su refugio por alguno de los que habían
participado en el traslado.
Disponemos de
las declaraciones efectuadas tras la guerra por el portero del inmueble en las
que señala al citado policía como autor de la detención. Bermejo murió el 2 de
marzo de 1939, al ser alcanzado por un obús en el frente de la Cuesta de la
Reina:
“Que el
referido día 18 de octubre de 1936 hacia las nueve de la noche un grupo de
milicianos capitaneados por el Antonio Bermejo G., cubierto con una gorra de
visera, con la estrella roja de cinco puntas, entró en el portal reconociéndole
como antiguo vecino del barrio, y preguntándole si vivía allí un tal Antonio
Irache, contestándole que no estaba por hallarse perseguido, pero sí los padres
del mismo, tras cuya manifestación Antonio Bermejo, seguido de todos los suyos
subió al piso regresando a los pocos instantes reprochándole el que le hubiese
ocultado que escondían monjas tales señores. El portero le dijo que hacía unos
días había sufrido un registro tal familia, y al hablar a las monjas y decirles
que se precisaba autorización para darles albergue, los señores de Irache la
habían conseguido, a lo que contestó Antonio Bermejo que la tenían, pero sin
firma, solo con el sello y que ese podía ponérselo cualquiera. Y con este
razonamiento se llevó en dos coches a las mencionadas monjas”.
Fueron llevadas a la checa instalada en el
convento de Santa Susana, situado en la calle Pablo Heredia, que había sido
incautado a las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús el 20 de
julio, para utilizarlo como centro de detención y tortura.
A partir de ese momento no se tuvo
noticias de ellas, sin que sus cuerpos pudieran ser encontrados,
desconociéndose los sufrimientos padecidos durante el tiempo de su permanencia
en la checa y el momento de su fusilamiento.
En la Causa General se conserva
este documento fechado el 27 de octubre, en el que se piden con urgencia
antecedentes de las religiosas que aún vivían ese día y que, por lo tanto,
fueron ejecutadas más tarde, tras permanecer en la checa bastante tiempo. Investigaciones
recientes aventuran la posibilidad de que murieran en la pradera de San Isidro
y que sus restos fueran enterrados en una fosa común de la Sacramental de San
Isidro o en el cementerio de la Almudena.
Posteriormente, fue detenida la
Madre María Luisa del Corazón de Jesús, superiora de la comunidad, a la que
habían dado cobijo unos sobrinos. Tenía 73 años y estaba ciega. Las restantes
se salvaron al quedar bajo la protección de la Embajada de Francia que había
alquilado el colegio del Sagrado Corazón para albergar a personas perseguidas,
como también hicieron otras embajadas.
Aunque las
religiosas borjanas y sus compañeras murieron como mártires, hasta el momento
no ha sido incoado el proceso de beatificación, posiblemente por no haber sido
encontrados sus cuerpos ni tener datos fehacientes de su trágico final.
Sí fue incoada la causa de tres
religiosas clarisas del convento de Monzón que se habían refugiado en casa de
un familiar en Peralta de la Sal (Huesca), donde el 2 de octubre de 1936 fueron
detenidas por milicianos que intentaron que apostatasen y, ante su firmeza, las
llevaron a un bosque donde, después de violarlas, las despeñaron por un
barranco, teniendo que rematarlas desde arriba con tiros de fusil, al haber
quedado malheridas. Eran sor Inés de San
Pascual, sor Antonia de San Rafael y sor Josefa de San Pascual.
Beato fray Martín de San Nicolás
Junto a todos los anteriores, incluimos
al beato fray Martín de San Nicolás, nacido en Zaragoza el 8 de
noviembre de 1598, siendo bautizado en el templo del Pilar con el nombre de Martín
Lumbreras Peralta.
Sus padres eran de Tabuenca, pero se
habían trasladado a la capital aragonesa. Martín era el mayor de cuatro
hermanos. El segundo, Juan Damián, murió intentando mediar en una pelea; Tomás
fue agustino y hombre de reconocida virtud; mientras que la menor, Ana profesó
como carmelita descalza.
La familia
solía pasar los veranos en Tabuenca y visitaban Borja, debido a que el prior
del convento de agustinos descalzos de esta ciudad era familiar suyo. Por eso,
cuando Martín, que había sido educado en un ambiente muy religioso, sintió la
llamada de Dios, decidió ingresar en el convento borjano, donde en abril de
1618 su tío le impuso el hábito de la orden. Pasó después al de Zaragoza, para
realizar el noviciado, y allí profesó el 1 de mayo de 1619, trocando su nombre
por el de fray Martín de San Nicolás.
Desde el
inicio de su vida religiosa manifestó su deseo de ser misionero y el 7 de julio
de 1622 pudo ver cumplidos sus sueños al zarpar de Cádiz, en compañía de otros
doce religiosos, para viajar hasta México donde fue ordenado sacerdote. Desde
allí volvió a embarcarse en otra expedición que salió del puerto de Acapulco,
con destino a l Filipinas, desembarcando en Manila el 6 de febrero de 1623.
Hasta
aquellas islas llegaban las peticiones de ayuda de los cristianos japoneses que
se encontraban sometidos a una dura persecución. A pesar de que las autoridades
españolas no querían comprometerse en esta cuestión, los agustinos intentaban
enviar misioneros a Japón, sorteando todo tipo de dificultades y recurriendo a
mercaderes chinos que, mediante la entrega de importantes sumas de dinero,
accedían a introducir clandestinamente a algunos frailes.
El 4 de
agosto de 1632, fray Martín, en compañía de fray Melchor de San Agustín,
embarcó en un junco chino que, tras una durísima travesía le llevó a las costas
de Kiushu, desde donde fueron caminando hasta Nagasaki, ciudad a la que
llegaron el 4 de septiembre de 1632, encontrándose con la sorpresa de que los
dos compañeros con los que pensaban contactar habían sido quemados vivos el día
anterior. Muchos cristianos habían sido asesinados y la floreciente comunidad
prácticamente había sido destruida.
Gracias al
dominico fray Domingo de Erquicia pudieron huir a unos montes cercanos, donde
bajo la protección de unos cristianos lograron sobrevivir dos meses. Pero, ante
la falta de comida, los temporales a los que se vieron sometidos y la grave
enfermedad que afectó a fray Melchor, decidieron entregarse a las autoridades.
El 2 de noviembre de 1632 fueron encerrados en unas jaulas, donde permanecieron
cuarenta días, con la promesa de que si abjuraban de su fe sería liberados.
Finalmente, el 11 de diciembre de ese año fueron conducidos a un lugar público
y atados a unos postes para ser quemados vivos. Señalan las crónicas que
únicamente estaban sujetos por el dedo índice de la mano derecha para que, si
se decidían a abjurar, pudieran liberarse del suplicio. Cuando la leña comenzó
a arder, fray Melchor murió asfixiado muy pronto, pero fray Martín se mantuvo
firme durante varias horas hasta que terminó consumido por las llamas.
Unos
comerciantes portugueses llevaron la noticia a Macao, en 1633, e inmediatamente
se iniciaron los correspondientes procesos de beatificación que se demoraron
mucho hasta que, finalmente, el 7 de julio de 1867, el Papa Pío IX proclamó
beatos a 205 mártires de Nagasaki pero, entre ellos, no se encontraban los dos
agustinos, ya que en el proceso sólo figuraba la declaración de un testigo que
hacía referencia a la muerte de “dos agustinos descalzos”, pero sin precisar su
identidad. Afortunadamente, San Juan Pablo II beatificó a ambos el 23 de abril
de 1989, celebrándose su fiesta litúrgica el 11 de diciembre (que corresponde a
la de su martirio).
En 1997, con motivo de la jornada
dedicada a “Fundaciones conventuales en Borja”, el Centro de Estudios Borjanos
quiso honrar su memoria, dedicándole una lápida en el edificio levantado sobre
el solar del antiguo convento de agustinos, cuyo texto es el siguiente:
“En este
lugar se alzó el convento de San Agustín, en el que, en 1671, ingresó el
religioso agustino recoleto, oriundo de Tabuenca, FRAY MARTÍN DE SAN NICOLÁS
(1598-1632) que el 11 de diciembre de 1632 alcanzó la palma del martirio en
Nagasaki (Japón), siendo beatificado por S. S. Juan Pablo II el 23 de abril de
1989. En homenaje a su memoria, el Centro de Estudios Borjanos dedicó esta
lápida el 25 de abril de 1995”.
El acto
contó con la presencia del entonces Alcalde de Borja D. Luis María Garriga
Ortiz, del P. fray José Luis Sáenz (OAR) y de D. José Luis Chueca Sancho,
familiar del mártir, así como miembros del Centro de Estudios Borjanos, con su
entonces Presidente D. Victorino Gracia Salas, y numerosas personas.
Es llamativo
que, salvo la placa dedicada a fray Martín de San Nicolás, ninguno de los mártires
borjanos haya recibido un homenaje por parte de la ciudad donde, sin embargo,
hay una calle dedicada a una persona, que no era natural de Borja,
lamentablemente asesinada, víctima de la represión posterior a la Guerra Civil.




























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