viernes, 16 de octubre de 2026

Mártires escolapios de Valencia

         En nuestra visita a la iglesia del colegio de las Escuelas Pías de Valencia, pudimos ver el altar en el que se veneran los restos de algunos mártires escolapios ya beatificados.

 


         Fueron más de 200 los miembros de esta orden religiosa asesinados durante la Guerra Civil. Entre ellos, el P.  Mariano Tabuenca Laborda, nacido en Borja el 24 de julio de 1875, bautizado en la parroquia de San Bartolomé y confirmado en la de Santa María el 21 de agosto de 1878 por el cardenal fray Manuel García Gil, arzobispo de Zaragoza. Era hijo del zapatero Mariano Tabuenca y de Bonifacia Laborda.

         Tras cursar los estudios primarios en nuestra ciudad, marchó a Barbastro, bajo la tutela de su tío el P. Manuel Laborda Domínguez, también natural de nuestra ciudad, junto al que aparece en la imagen precedente.

Estudió primero en el colegio de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl de esa ciudad y el 21 de agosto de 1889 ingresó en el seminario escolapio de Peralta de la Sal. Allí emitió sus primeros votos el 22 de agosto de 1891 e inició la carrera eclesiástica que continuó en los juniorados de Irache y San Pedro Cardeña. En este último lugar hizo sus votos perpetuos el 27 de diciembre de 1895. Tras recibir las órdenes menores en Burgos, fue ordenado diácono en Pamplona el 3 de abril de 1897. Por fin el 1 de abril de 1899 recibió la ordenación sacerdotal en la catedral de Jaca, de manos del obispo de esa ciudad D. Antolín López Peláez.

 

         Todo su ministerio lo desarrolló en el colegio que los escolapios tenían en Barbastro. Llegó allí con 22 años y se hizo cargo de la formación de sucesivas generaciones de jóvenes, a los que impartió Historia, Literatura, Geografía, Derecho y de manera especial Latín, disciplina de la que fue un excelente profesor. Por otra parte, tenía a su cargo la iglesia del colegio y también fue cronista de la comunidad de la que, al comienzo de la Guerra Civil era el más anciano, tras el P. Félix Álvarez. 

         Había perdido la audición y sufría mucho por una hernia inguinal que le impedía caminar con normalidad. Ello no fue obstáculo para que el 19 de julio de 1936, cuando volvía de celebrar Misa en el colegio de las Hijas de la Caridad, fuera detenido junto con el resto de religiosos escolapios.

 

         Permaneció encerrado en una celda hasta que fue sacado para ser fusilado. Al reconocer que la persona que le zarandeaba con crueldad era uno de sus antiguos discípulos se echó a llorar y le preguntó humildemente por qué le trataba así. “Por ser cura” fue la respuesta que recibió.

 

         Le ataron a otro compañero, tras darse la absolución uno al otro. Apiñados en un camión fueron conducidos por el camino de Fornillos hasta la Cruz de Selgua, donde fueron ejecutados todos los miembros de la comunidad escolapia.

         Incoado el correspondiente proceso de beatificación en 2001 junto con otros 110 mártires, entre los que se encuentran 19 sacerdotes de la diócesis de Zaragoza, 23 de la de Teruel-Albarracín, 25 religiosos escolapios, 4 monjas clarisas, 30 laicos de la diócesis de Zaragoza y 8 laicos de la diócesis de Teruel-Albarracín, tras finalizar la fase diocesana fue remitido a Roma, en 2008, donde prosigue su tramitación que se encuentra muy avanzada.

 

         Pero, en Valencia, también fueron asesinadas cinco religiosas escolapias: Madre María del Niño Jesús Baldillou y Bullit, Madre Presentación Gallén Martí, Madre María Luisa Girón Romera, Madre Carmen Gómez Lezaun y Madre Clemencia Riba Mestres, fusiladas el 8 de agosto de 1936 en la playa de El Saler y beatificadas por el Papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001.

 


         Junto con otras tres religiosas que, como ellas, ejercían la docencia en el colegio de Valencia, se refugiaron en la casa del chófer del colegio, sita en la calle San Vicente, de donde fueron sacadas, el 8 de agosto de 1936, por un grupo de milicianos que, a las cinco de la mañana, se presentó en la casa, aduciendo que habían recibido una denuncia y que tenían que trasladarla al Gobierno Civil para prestar declaración.

         En la puerta les esperaba un coche, pero no cabían todas, por lo que sólo pudieron subir cinco de ellas, mientras que a las tres restantes, les ordenaron que esperasen a otro coche. Pero, el primer coche no se dirigió al Gobierno Civil, sino a la playa del Saler, donde fueron fusiladas inmediatamente.

         Las que habían tenido que esperar, subieron a un nuevo vehículo en el que ya iba detenido un sacerdote y, como el anterior, se encaminaron al Saler, pero, en el camino, el coche quedó detenido por una avería y ello cambió su suerte, ya que un miliciano de mayor autoridad, llamado Amador Sauquillo, las condujo, efectivamente, al Gobierno Civil, donde fueron puestas en libertad con un salvoconducto para llegar a Barcelona. Las tres religiosas sobrevivieron a la guerra y su mayor dolor, junto con el recuerdo de sus compañeras asesinadas, fue el no poder dar con el paradero de aquel miliciano que les salvó la vida, pidiéndoles, a cambio, que le ayudaran “si cambiaban las cosas”.


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