En estos momentos en los que los ojos de todos están puestos
en los médicos y científicos con la esperanza de que puedan encontrar pronto
una vacuna o un tratamiento eficaz frente a la actual pandemia, nos parece
oportuno recordar, en homenaje a ellos, la forma en que se resolvió los graves
problemas que ocasionaba la fiebre amarilla.
También conocida como “vómito negro”, la enfermedad procedía
de África donde, como suele ser habitual, había pasado de animales al ser
humano y, merced a deplorable tráfico de esclavos, había llegado a convertirse
en endémica de nuestras posesiones americanas.
Durante los últimos años de nuestra presencia en Cuba, la
fiebre amarilla ocasionaba numerosas víctimas entre la población civil y,
especialmente, entre las tropas destacadas allí. De hecho, en el transcurso de
la guerra, el número de bajas en combate fue insignificante en comparación a
las que ocasionaros las enfermedades infectocontagiosas, destacando entre ellas
la fiebre amarilla.
En aquellos momentos, no se conocía el germen causal de la
misma ni el sistema de transmisión y, como además, no había un tratamiento
eficaz, las consecuencias eran terribles. Entre marzo de 1895 y 1897 se registraron
33.350 contagiados militares, de los que
fallecieron 11.347 y, en 1896, hubo 1.282 fallecimientos entre la población
civil.