Nuestra visita a Valencia nos ha
permitido disfrutar de un paseo por la Albufera, algo que no habíamos tenido la
oportunidad de efectuar con anterioridad y ha sido una bonita experiencia.
Como muchos lectores conocerán, la Albufera fue un antiguo golfo marino que comenzó a cerrarse hace seis mil años, por una sucesión de barras arenosas que terminaron por aislarla. Actualmente tiene una superficie de unos 24 kilómetros cuadrados, tras haber visto reducida considerablemente su extensión desde el siglo XIX.
Sus aguas dulces tienen una escasa
profundidad, poco más de un metro, y se alimentan de varias ramblas o barrancos
y del río Júcar, a través de una red de acequias. Su nivel varía en función del
uso que se hace del agua para anegar los campos de arroz. Estos días había
descendido notablemente ya que, como nos informaron, se había iniciado la
plantación del arroz con cierto retraso.
Por su superficie navegan unos barcos impulsados por una vela latina, modalidad que, en 2016, fue declarada por la Generalitat valenciana “Bien Inmaterial de Interés Cultural”, al igual que la pesca artesanal.
Pero, además surcan sus aguas otros botes
que se impulsaban con “perchas”, unas pértigas con un extremo en forma de V que
el patrón apoyaba en el fondo. Ahora, sin embargo, cuentan con un pequeño
motor.
En una de ellas navegamos nosotros, con una dama como patrón
que nos relató la historia de la Albufera, la explotación de sus recursos y la
lucha de las mujeres por participar en el ejercicio de la pesca.
Porque, el poder pescar allí les había
sido reconocido a los hombres de El Palmar en 1250 y, organizados en una
Comunidad de Pescadores, han venido ejerciendo ese derecho, transmitido de
padres a hijos varones. Pero en 1977 un colectivo de mujeres se alzó contra esa
tradición y, en 1998, lograron vencer en la batalla judicial por lo que, en la
actualidad, cualquier hombre o mujer mayor de 16 años y descendiente de un
pescador, puede ejercer esa práctica en la Albufera.
Dos son los sistemas utilizados para ello,
el de los “redolins”, unos puestos fijos que, cada segundo domingo de julio, se
sortean entre los pescadores (ahora 69 puestos) y el llamado “involant” que se
practica libremente utilizando cañas y nasas.
La pesca se sigue practicando, aunque
con carácter complementario a otras actividades y fundamentalmente se centra en
la llisa y las anguilas, dado que otras especies han visto reducir considerablemente
sus poblaciones.
En la dilatada historia de la Albufera
cabe recordar que fue cedida al rey de la taifa zaragozana por el Cid
Campeador, en reconocimiento a la ayuda que le había dispensado para la primera
reconquista de Valencia.
El mariscal Suchet fue creado duque de
la Albufera por el rey José I, dado que era patrimonio de la Corona. En 1865
pasó a ser del Estado y, en 1911, fue adquirida por la ciudad de Valencia, de
quien sigue siendo propiedad.
En 1986 fue declarada Parque Natural, como
ejemplo de un humedal de alto valor que estaba sometido a un proceso de
degradación que, en cierto modo, no ha sido contenido del todo.
El sistema lacustre de la Albufera juega un papel decisivo
dentro del contexto general de las zonas húmedas europeas como área de acogida
de aves acuáticas, habiéndose reconocido su importancia internacional mediante
su inclusión en el convenio RAMSAR y en la red europea de zonas de especial
protección para las aves, ZEPAs, razones por las cuales la navegación por ella requiere
cumplir determinados requisitos.
El poder hacerlo aún entre los
cañaverales, nos trajo a la memoria el recuerdo del gran cronista de la
Albufera, el escritor Vicente Blasco Ibáñez, a través de aquella gran novela
que fue Cañas y Barro.
No vimos atardecer, ni pudimos detenernos
a contemplar la fauna de la laguna, pero la experiencia resultó sumamente gratificante.
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