sábado, 6 de junio de 2020

El descubrimiento de Bursau


         Hablábamos ayer de la intervención que se va a realizar en los aledaños de la torre del Pedernal, sobre unos restos excavados de la antigua Bursau, pero el interés arqueológico de nuestra ciudad supera esos límites, pues el primer asentamiento urbano se estableció en los conocidos como cerros de la Corona y de la Cueva Esquilar.

         Para quien desee conocer más detalles sobre la evolución que experimentó aconsejamos leer el amplio trabajo que el Dr. D. Isidro Aguilera Aragón publicó en la obra Borja. Arquitectura y evolución urbana, editada por la Delegación de Zaragoza del Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón.




         Corresponde a D. Federico Bordejé Garcés el mérito de haber dado a conocer la importancia de los restos existentes en el monte de la Corona. Fue allí donde, en 1953, dibujó lo que consideraba un “mosaico ibérico” que había descubierto en 1934. En realidad, como señaló el Dr. Aguilera, se trataba de un pavimento romano, realizado en opus signinum que, a diferencia de un mosaico, está constituido por una pasta blanca en la que iban incrustadas unas teselas negras formando el dibujo que, en el caso que nos ocupa está constituido por motivos geométricos, en torno a lo que forzadamente Bordejé identificó como una “rosa de los vientos”. Lo interesante es que, cuando lo descubrió tenía unas dimensiones aproximadas de 11 x 7,60 metros.



         En febrero de 1958, El Noticiero de Zaragoza publicó una crónica de su corresponsal en Borja, probablemente D. Mariano Mayoral, en la que daba cuenta de “Importantes hallazgos arqueológicos en Borja”, al mismo tiempo que anunciaba la realización de unas excavaciones para aquel verano. El recorte lo guardó Bordejé, dado que el tema le interesaba de manera especial.



         Las excavaciones no llegaron a realizarse, pero cuando D. Federico volvió a Borja se vio profundamente afectado por el estado en que se encontraba “su” mosaico.

         Aquel invierno, el Ayuntamiento de Borja decidió repoblar con pinos el cerro de la Corona y al hacer los hoyos para la plantación, además de destrozar el pavimento, fue cuando aparecieron restos arqueológicos de los que se dio cuenta al Delegado de Zona que era el Prof. D. Antonio Beltrán. Se desplazó a Borja y retiró los fragmentos que consideró más interesantes, aunque allí quedaron abandonados otros muchos, formando pequeños acúmulos.



         D. Federico nos llevó a un grupo de niños a visitar aquella zona que consideraba el origen de nuestra historia. Sus explicaciones y el romanticismo que rodeaba su figura nos impresionaron vivamente y, durante mucho tiempo, recorrimos aquellos campos, aún no abandonados, recogiendo pacientemente algunas pequeñas piezas que llamaban nuestra atención y que hoy forman parte de los fondos del Museo Arqueológico. Entre ellas, el bello entalle romano que es el símbolo y logotipo del museo.




         Pero aquello era el esfuerzo de unos niños inexpertos que tan sólo se dejaban llevar por su intuición. El mérito del primer estudio científico de Bursau corresponde al Dr. D. Isidro Aguilera quien, siendo todavía estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras, propició las primeras campañas de excavaciones que fueron dirigidas por D. José Ignacio Royo Guillén, que ya había finalizado la carrera. En ella participó otro destacado arqueólogo, D. Juan Paz Peralta, y hasta la actual catedrática de Historia del Arte Dª. Concepción Lomba Serrano, junto con un grupo de voluntarios de nuestra ciudad.





         Fueron dos campañas de excavaciones, en 1978 y 1979, cuyos resultados se dieron a conocer en los números III y VII-VIII de Cuadernos de Estudios Borjanos a los que remitimos (pueden consultarse en red en la página de la Institución “Fernando el Católico”) así como a la obra antes citada que ofrece una síntesis muy interesante.
         Fue hacia el 600 a. C. cuando un grupo humano se asentó en el cerro de la Cueva Esquilar, creando el primer núcleo habitado. Esos restos aparecieron en las excavaciones, bajo los estratos correspondientes a época celtibérica y romana.

         Desde ese lugar, la “ciudad” se extendió al cerro de la Corona que a finales del siglo I a. C. era prácticamente el único habitado, dado que el de la Cueva Esquilar había sido abandonado. Pero, por la misma época la población se había ya trasladado a las zonas bajas, favoreciendo este desplazamiento la seguridad que proporcionaba la conocida como “pax romana”.





         Pero en la segunda mitad del siglo III d. C. la situación experimentó un cambio radical. El imperio fue invadido por bárbaros procedentes del limes germánico y hasta aquí llegaron francos y alamanes, saqueando viviendas como ha podido documentarse.
         Fue para proteger esa zona baja de la población cuando se levantó la torre del Pedernal, una fortificación de la que se ha conservado un lienzo de sillares de ocho metros de largo y tres de alto, en donde mucho más tarde se insertó una vivienda a la que pertenecen otras partes de lo poco conservado, aunque existen fotografías de la primera mitad del siglo XX que dan idea de cómo era.

         Comoquiera que la inseguridad prosiguió en los estertores de la época romana, se produjo un nuevo desplazamiento hacia la parte alta, donde se reorganizó la vida ciudadana incluso en la etapa visigoda.





         Finalmente, debemos mencionar otras dos campañas de excavaciones realizadas en 2017 y 2018, bajo la dirección de D. Óscar Bonilla Santander, Dª. Begoña Serrano Arnáez y D. Ángel Santos Horneros que se centraron en la zona ya estudiada en aquellas primeras campañas.
         Recordamos también que todo el amplio recinto de Bursau fue declarado “Bien de Interés Cultural” como zona “Zona Arqueológica” el 23 de octubre de 2001 por el Gobierno de Aragón.

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