domingo, 1 de enero de 2023

En la muerte de Benedicto XVI

 

         En la madrugada de ayer nos llegó la triste noticia del fallecimiento del Papa Benedicto XVI, a los 94 años de edad, en el convento de la Ciudad del Vaticano donde voluntariamente se recluyó tras su renuncia el 28 de febrero de 2013.


         Recordamos perfectamente la impresión que nos produjo su elección para el Pontificado en aquel cónclave de abril de 2005, tras la muerte de San Juan Pablo II. Era el 265º Papa en la Historia de Iglesia y, para nosotros, representaba el acceso a su condición de Vicario de Cristo de uno de los más grandes intelectuales de nuestra época. Su labor como teólogo, tanto durante el Concilio Vaticano II (aunque en un puesto secundario) como durante su etapa de profesor constituyeron su principal aval para su brillante carrera eclesiástica como arzobispo de Munich y Frisinga (1977-1982), su creación como cardenal en 1977, por Pablo VI, y su llamada a Roma por Juan Pablo II para convertirse en Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, desde donde realizó una ingente labor.

 

         Su renuncia en 2013 sorprendió al mundo, dado que era algo prácticamente inédito en la historia del Papado, y cuyas últimas razones no han sido suficientemente explicadas. Desde entonces, su vida se ha ido apagando en el monasterio Mater Eclesiae, aunque conservando su lucidez hasta los últimos momentos. Al parecer, tuvo ocasión de redactar un testamento espiritual que entregó a su fiel secretario monseñor Georg Gänswein. Ese esperado texto se unirá a sus numerosas obras y a las encíclicas que dio a conocer durante su Pontificado.

         Con la muerte de Benedicto XVI la Iglesia pierde a uno de sus más grandes hombres, de cuya talla intelectual y santidad dio suficientes pruebas, así como de su serenidad al aceptar la duras pruebas a las que fue sometido.

         No es el momento de establecer comparaciones, tiempo habrá para ello, sino de orar para que el Señor suscite hombres como él, capaces de contribuir a enderezar el rumbo de una nave que camina por aguas procelosas, con la certeza de que Jesucristo que, es quien está al timón de la embarcación, siguen gritándonos “Hombres de poca fe ¿Por qué tenéis miedo?”




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