miércoles, 27 de julio de 2022

El significado de la decoración en las calles


         Estos días, las calles de nuestra ciudad han estado profusamente decoradas en lo que, a juicio de muchos observadores, constituye la mejor expresión del respaldo popular a nuestra recreación.




         Buena parte de esa decoración ha corrido a cargo del M. I. Ayuntamiento y a la Asociación de Mujeres “Ciudad de Borja” que se ha volcado tanto con los gallardetes de las calles como con los distintos elementos que ornaban las fachadas de los edificios oficiales y los diferentes escenarios. Sin embargo, ha llamado la atención la ausencia de tapices o reposteros en algún edificio oficial.




         Por el contrario, ha gustado mucho la contribución de la Asociación NUAETU a la decoración de la parte posterior del Casa de Cultura, excelente complemento de la instalada en la fachada principal.





         Pero, sin duda, es digna de ser resaltada de manera especial la respuesta ciudadana, a través de las galas que lucían balcones y ventanas. “Hay más tapices que para la Virgen de la Peana” nos comentaba una amiga y, sin entrar a establecer comparaciones, era evidente que, en mayor o menor grado, todos se han volcado para que Borja ofreciera un aspecto diferente. Las imágenes lo demuestran, aunque podríamos ofrecer otras muchas.




         Lo mismo podemos afirmar de los establecimientos comerciales que se han esforzado en decorar sus locales y, además, han colaborado a través de la Asociación de Comerciantes en iniciativas tan interesantes como el Concurso Fotográfico que ya comentamos.


         Y lo más interesante ha sido la unidad demostrada por todos los reinos peninsulares a la hora de recibir a nuestros reyes. Era emocionante ver en los balcones de una casa castellana el tapiz con la efigie de Fernando II de Aragón, convertido en Fernando V de Castilla (lo era, aunque aquí lo tenemos como Fernando II).


         A otros, lo que les ha sorprendido ha sido la ausencia de decoración en la fachada de un importante centro oficial. Posiblemente, no han tenido tiempo de cambiar las luces de la bandera de Ucrania por las rojas y amarillas del señal de Aragón.



         Una recreación que ha pasado desapercibida es la del artefacto que, en el siglo pasado, fue instalado sobre la fuente del Campo del Toro para sostener unas lámparas. Ahora, ha vuelto para que sirviera de soporte a los gallardetes de la plaza. Pobre fuente que, por un momento, nos recordó a un símbolo de la ciudad de Teruel.


         Y para símbolos, el de la guillotina ensangrentada que se mostraba en la plaza de Ntra. Sra. de la Peana que todos asociamos a los trágicos días del “Terror” durante la Revolución Francesa. Hemos tenido conocimiento de que se intentó retirarla, dado que ninguna relación tenía con la época de los Reyes Católicos. Se adujo a su favor que no fue un invento del Dr. Joseph Ignace Guillotin (el cual le dio nombre), sino que ya se utilizaba con anterioridad en otros países europeos.

         Puede ser cierto, pero nunca en el siglo XV y tampoco en España donde jamás llegó a utilizarse. Aquí había otros procedimientos más crueles. En tiempos de los Reyes Católicos la ejecución del regicida Juan de Cañamares que había intentado matar a D. Fernando en Barcelona, constituye un ejemplo de cómo se procedía.

         El 12 de diciembre fue sacado de la prisión y conducido por toda la ciudad desnudo. Atado a un palo y tal como relató el cronista Andrés Bernáldez: “Primeramente le cortaron la mano con que dio al Rey, y luego con tenazas de hierro ardiendo le sacaron una teta, y después le sacaron un ojo, y después le cortaron la otra mano, y luego le sacaron el otro ojo, y luego la otra teta, y luego las narices, y todo el cuerpo le abocadaron los herreros con tenazas, y fuéronle cortando los pies, y después que todos los miembros le fueron cortados, sacáronle el corazón por las espaldas”. Arrojado lo que quedaba de él al pueblo, terminaron de despedazarlo antes de quemarlo.

         La horca para los plebeyos y la degollación para los nobles (o decapitación en caso de alta traición) fueron los procedimientos más usuales hasta la instauración del garrote vil que, junto con el fusilamiento, perduró hasta la abolición de la pena de muerte.










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