viernes, 17 de diciembre de 2021

La espada del Cid

 

         En el artículo anterior, referido al castillo de Marcilla, hacemos referencia a que en su interior se conservó durante siglos una de las espadas que la leyenda atribuye al Cid Campeador. Como se trata de una cuestión curiosa, queremos ampliarla comentando también los últimos acaecimientos en torno a esa espada.


         Que el Cid es un personaje histórico no ofrece ninguna duda, aunque lógicamente no tengamos una imagen física del mismo, aunque de su figura y personalidad quedan testimonios suficientes en las crónicas de la época y sobre todo en esa obra magna de la Literatura medieval española que es el Cantar de Mío Cid. Es precisamente en el Cantar donde se menciona a sus dos espadas: La Tizona y la Colada. De la primera afirma que le fue tomada al Malik Bucar (el rey Bucar), un monarca “de allén mar” que le atacó en Valencia. La Colada era del conde de Barcelona “Remón Verenguel” (Ramón Berenguer II) al que venció en la sierra de Albarracín.

         Si legendario es el origen de ambas armas, también carece de sólido fundamento el destino de ambas. Pero, por tradición, se ha venido afirmando que la Colada terminó en el castillo de Marcilla.


         Fue Pierres de Peralta “el Joven” quien recibió la espada de Fernando el Católico. Este personaje había gozado del favor de Juan II quien le encomendó diversas misiones de importancia, entre ellas la organización del enlace de su hijo Fernando con Isabel de Castilla. En agradecimiento, Fernando II le dejó escoger una pieza de su armería y eligió la Tizona que llevó a su castillo de Marcilla, con la condición de que debería cederla cada vez que juraran los reyes sus sucesores.

         Sea o no cierta esta historia, con el título de Tizona se conservó la espada en Marcilla y, posteriormente, en el domicilio particular de los marqueses de Falces en Madrid. Allí fue robada en el transcurso de la Guerra Civil al ser asaltada la casa. Las fuerzas republicanas en su huida la llevaron a Barcelona con el propósito de sacarla de España, pero al término de la contienda fue encontrada en el castillo de Figueras, en el interior de una caja rotulada como “esta es la espada del Cid. Respetadla”.


De la espada se hizo cargo el coronel D. Luis Peral Sáez que, en aquellos momentos, era Ayudante Personal de S. E. el Jefe del Estado y, más tarde, fue llevada al Museo del Ejército en Madrid en concepto de depósito, conservando su propiedad el marqués de Falces.

Siempre existieron sospechas respecto a la espada, hasta el punto de que D. Ramón Menéndez Pidal, el mayor estudioso del Cid, creía que se trataba de una falsificación. Pero D. Ramón era un filólogo y no un especialista en armamento.

En 1998, el Museo del Ejército encargó un estudio de la espada en el que participaron varias universidades, bajo la dirección del Prof. D. Antonio Criado. El informe final afirmó que su hoja era de época coetánea al Cid, forjada en al-Andalus y gran calidad. Distinto era el caso de la empuñadura que ya sabía que era posterior, de época de los Reyes Católicos, así como las marcas grabadas en la hoja: “AVE MARIA GRATIA PLENA DOMINUS MECUN” en una cara y “IO SOI TIZONA FUE FECHA EN LA ERA DE MILE QUARENTA” que fueron realizadas por un herrero poco experto que provocó cierto arqueamiento de la hoja.

Tras ser restaurada, volvió a exhibirse en el museo hasta que, coincidiendo con su traslado a Toledo el marqués de Falces D. José Ramón  Suárez-Otero Velluti la ofreció en venta al estado por el precio de 1,6 millones de euros. La cantidad pareció excesiva ya que, en 1998, los expertos la habían tasado en una cantidad muy inferior y se desistió de su adquisición. A pesar de ello, dada la singularidad de la pieza, fue declarada Bien de Interés Cultural con fecha de 20 de diciembre de 2002, posiblemente para impedir su exportación.  

Pero en Burgos, siempre habían estado interesados por la espada. Hace muchos años nuestro Presidente, representando a Hispania Nostra asistió a un acto celebrado en esa ciudad en el que reivindicaban el retorno de la Tizona y del Cantar del Mío Cid. En este último caso hay que recordar que, en el convento de religiosas clarisas de Vivar, se conservó durante un tiempo el Cantar hasta que, en 1799, fue llevado a la Biblioteca Nacional.



El caso es que la Junta de Castilla León decidió adquirir la espada, en 2007, con la ayuda de la Cámara de Comercio e Industria de Burgos, por esa cantidad de 1,5 millones de euros, depositándola en el Museo de Burgos donde se exhibe actualmente.

La venta dio lugar a un contencioso entre el marqués de Falces y los herederos de D. Pedro Velluti Murga XV marqués de Falces, que murió sin descendencia dejando como heredero universal al matrimonio que lo cuidó en sus últimos años.

Por sentencias del Juzgado de Primera Instancia nº 72 de Madrid y la Audiencia de Madrid, D. José Ramón Suárez-Otero Velluti, XVII marqués de Falces, fue condenado a pagar a la parte demandante la mitad de la cantidad percibida por la venta de la espada. Sin embargo, en recurso de casación interpuesto ante el Tribunal Supremo fueron revocadas esas sentencias, estimando el recurso del marqués y determinando que él era el titular por herencia de su madre, la XVI marquesa, y propietario exclusivo de la espada, al haber adquirido su propiedad por usucapión.



         Ya como anécdota, podemos recordar que en la película “El Cid”, su protagonista Charlton Heston empuñaba una réplica de la Tizona, como puede verse en el primer fotograma, pero en el segundo lo hace con otra diferente, se trata de la Colada, cuya historia es diferente.







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