martes, 23 de mayo de 2023

Los primeros años de Sorolla

 

         En nuestro recorrido por el Museo de Bellas Artes de Valencia, pudimos visitar la exposición “Sorolla. Orígenes”, la primera dedicada por esa entidad al gran pintor valenciano Joaquín Sorolla Bastida (1863-1923), en el centenario de su fallecimiento.



         Presidida por grandes fotografías de un Sorolla joven, llamativamente diferente de las imágenes y autorretratos del pintor adulto, en la sala se mostraban sus primeras obras, interesantes, pero no demasiado conocidas.

 


         Pero, entre ellas, destacaba “El grito del Palleter”, pintada en 1884 cuando optaba a la pensión otorgada por la Diputación de Valencia, para estudiar en Roma. Era el tema obligado para todos los concursantes y reflejaba la proclama lanzada en 1808 por Vicente Domènech, llamado “el Palleter” porque vendía “palletes” (pajitas para encender fuego), desde los escalones de la Lonja de Valencia, desencadenando el alzamiento contra los franceses en la ciudad.  

 

         Desde luego, en la sala no se encontraban los lienzos más famosos, entre ellos los realizados directamente en las playas, reflejando magistralmente la luz del Mediterráneo, el mar y esos niños a los que tanta atención dedicó y a los que hemos dedicado especial atención, realizando un inventario de todas sus obras con esta temática.

 

         Posiblemente, el primero de ellos es el que, con el título de “Triste herencia” reflejaba el baño de unos niños inválidos, atendidos por un hermano de San Juan de Dios, de cuyo hospital procedían.

         El propio Sorolla relató la génesis de esta obra de grandes dimensiones, pintada en 1899: “Un día estaba yo trabajando de lleno en uno de mis estudios de la pesca valenciana, cuando descubrí de lejos unos cuantos muchachos desnudos dentro, y a la orilla del mar, y vigilándolos la vigorosa figura de un fraile. Parece ser que eran los acogidos del hospital de San Juan de Dios, el más triste desecho de la sociedad: ciegos, locos, tullidos y leprosos. No puedo explicarle a usted cuanto me impresionaron, tanto que no perdí tiempo para obtener un permiso para trabajar sobre el terreno, y allí mismo, al lado de la orilla del agua, hice mi pintura”.

El cuadro obtuvo el máximo galardón en la Exposición Universal de París de 1900 y, al año siguiente, la Medalla de Honor de la Exposición Nacional de Bellas Artes. No pudo conseguir que lo adquiriera el Estado, como era su deseo, y viajó a los Estados Unidos, de donde regresó en 1981, al ser adquirido por Bancaja en Sotheby’s de Nueva York.

 



         Los niños desnudos en la playa fueron, desde entonces, uno de sus temas recurrentes, dando lugar a obras tan bellas y, en cierto modo sensuales, como “Chicos en la playa” “El balandrito” o “El baño del caballo”, las tres pintadas en 1909, cuando ya tenía 36 años, había contraído matrimonio con Clotilde García del Castillo (en 1888), de la que estuvo profundamente enamorado y tuvo tres hijos. 



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