domingo, 24 de marzo de 2024

Fotos de la capilla de los Mártires en Santa María

 

         Entre las fotografías que nos han llegado, procedentes de la obra Borja. Arquitectura y evolución urbana, en la que fueron publicadas, figuran algunas de la denominada capilla de los Mártires o de las Reliquias de la colegiata de Santa María de Borja.


         Entre ellas las del precioso lavabo que existe en su sacristía y que, posiblemente, muy pocos de nuestros lectores conocerán e, incluso, es posible que no hayan entrado nunca en ese espacio que, sin embargo, es uno de los más hermosos de nuestra colegiata. Convertido en almacén, esperamos que, en algún momento, llegue a ser restaurado, ya que lo merece.

 

         Para lo que lo ignoren, a esa capilla se accede por la puerta, señalada con una flecha, a la izquierda del altar mayor, mientras que la situada a la derecha conduce al trasagrario, del que hablábamos ayer.

 

         La capilla está vinculada a la figura de fray Juan López de Caparroso (1540-1631), promovido por Felipe II a la sede episcopal de Crotona, ciudad situada en la Calabria italiana que, en aquella época, formaba parte del reino de Nápoles, uno de los territorios de la Corona española. En 1596 fue trasladado a la sede de Monopoli, una ciudad de la Apulia, al otro lado del golfo de Tarento, que también pertenecía al reino de Nápoles. En 1608, renunció a la mitra, aduciendo su avanzada edad y problemas de salud, retornando al convento de Valladolid, en el que había profesado, donde falleció en enero de 1631.

 


           Nunca olvidó a Borja, a la que envió desde Italia la gran colección de reliquias que conserva.  Fueron llegando a Borja en varias remesas, la primera de ellas en 1601, procedentes de las catacumbas romanas de San Calixto. El objetivo de fray Juan era hacer un sencillo armario para conservarlas, en el que figurasen sus armas, las de la Orden de Predicadores, a la que pertenecía, los nombres de los mártires a los que correspondían y la identidad del donante.

 

         Sin embargo, su hermana Dª María López de Caparroso, que vivía aquí, apoyada por su sobrino Martín, hijo de otro hermano del obispo, solicitaron al capítulo de la colegiata, en 1608, un espacio situado entre el altar mayor y la actual capilla del Corazón de María que, pocos años antes, había construido D. Antonio de Alberite, con el propósito de construir una nueva capilla que pudiera albergar a las reliquias, sirviendo al mismo tiempo como capilla funeraria para el obispo y sus familiares. Disponer de enterramiento propio en un templo de la importancia de Santa María era, evidentemente, el motivo que impulsaba a la familia López de Caparroso que quiso aprovechar la circunstancia de tan señalada donación.

 

         En 1609 se iniciaron las obras de esta capilla que, en la actualidad, presenta este aspecto desde el exterior. En aquellos momentos, no disponía de linterna pues, como veremos, se levantó más tarde. El acceso desde el presbiterio se realizaba a través de una verja o cancel que debió gustar, pues se impuso como modelo para otros trabajos realizados, posteriormente, en la colegiata.

 

         En el interior de la capilla se instaló el altar que ahora se encuentra en la capilla del Corazón de María (o mejor del Rosario), al que hemos dedicado un reciente artículo a raíz de la restauración de la imagen que aparece como titular en esta imagen.

         Unos años después, en 1691, el cabildo construyó el trasagrario, lo que representó un gasto de 1.000 libras jaquesas, con tan mala fortuna que se hundió en 1696, siendo preciso reedificarlo. El derrumbe debió afectar a la capilla de los Mártires que, por otra parte, había visto reducida su iluminación al serle adosada la nueva construcción.

 


         Por entonces, la capilla era propiedad del I marqués de Montesa, D. Fernando Vicente de Montesa Gorráiz  Beaumont de Navarra, Caparroso y Yáñez, biznieto de aquel Martín de Caparroso, el mayor de los sobrinos del obispo. Ante la situación planteada decidió reformarla por completo, dotándola de una hermosa cúpula con linterna, decorada con ricos trabajos en yeso policromados, al gusto de la época.

 

         En las pechinas aparecen las armas correspondientes a sus apellidos. Según Sánchez del Río que las estudió, las del primer cuartel son de los Vicente; las del segundo, de los Gorráiz; las del tercero, de los Montesa y las del cuarto, de los Beaumont.

 

         Hemos encontrado las armas completas del I marqués de Montesa que, en gran medida, coinciden con las anteriores. En ellas, como en las de la capilla destaca el ave fénix sobre la corona marquesal y la divisa “Virtus in infirmitate perficitur” que está tomada de la segunda carta de San Pablo a los Corintios, cuando el Señor, ante su petición de que le apartase de una tentación le dijo: “Te basta mi gracia. La fuerza se realiza en la debilidad”, según la traducción que aparece en la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española. Lleva acolada la cruz de Santiago, que también aparece en la representación de la capilla, pues era caballero de esa orden.

 

         Esas mismas armas son las que aparecen en la rica decoración de la fuente para el lavatorio de las manos, a la que antes hemos hecho referencia, aunque han perdido buena parte de su colorido.

 



         Por otra parte, las armas episcopales de fray Juan López de Caparroso coronan la labor en yeso que enmarcaba su retrato que, ahora, se exhibe en la segunda planta del Museo de la Colegiata. Escudo partido con lobos de sable en campo de plata y flores de lis de oro (aquí aparecen pintadas en sable) en campo de gules.

 

         Es muy interesante, asimismo, todo el programa pictórico de la cúpula en la que aparecen ángeles con diversos atributos, como el representado en la fotografía anterior que lleva en sus manos el capelo o sombrero con las 7 borlas, en alusión al obispo Caparroso, y el Santo Rosario relacionado con su pertenencia a la orden dominica.


         En la parte superior de esta otra fotografía puede verse enmarcado, otra alusión a la Orden de Predicadores: el perro con la tea encendida, el “Domini canus” (perro del Señor).

         Creemos que estas fotografías, que ya dimos a conocer hace más de diez años, constituyen el mejor testimonio de la importancia de esta capilla y de la necesidad de restaurarla, antes de que siga deteriorándose más.



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