viernes, 30 de septiembre de 2022

Revistas recibidas 480

 

         El otro número de los Cuadernos Emeritenses a los que hacíamos referencia ayer es el 50, que lleva por título La domus de la “Puerta de la Villa” y la primitiva comunidad cristiana de Mérida, un trabajo que firma Francisco Javier Heras Mora.

         Ante todo, lo primero que conviene destacar es la importancia que, frente a la singularidad de determinados hallazgos, tienen otros mucho más modestos que si son estudiados en su contexto permiten recrear aspectos de la vida cotidiana que pudieran haber pasado desapercibidos.

         Este el caso del testimonio encontrado en esa gran domus de la “Puerta de la Villa” que estuvo emplazada, junto a la muralla, en el decumanus maximus y que ocupaba toda una manzana.

         La domus era ya conocida y había sido objeto de atención en varias excavaciones de las que se ofrece información en la obra. Pero fue la recuperación de una cisterna, parcialmente colmatada, que originalmente había servido para recoger las aguas del impluvium, lo que permitió realizar el descubrimiento que constituye el hilo conductor del relato.

         Se trataba de los restos de un crismón rodeado por una corona y muy bien pintado que, necesariamente, era preciso relacionar con las actividades de una comunidad cristiana que allí se reunía, lo cual se confirmó con la aparición de grafitos, también propios de los inicios del Cristianismo. Todo ello, junto con el revestimiento blanco de la cisterna y el discreto acceso que había sido construido para acceder a su interior, permitía deducir que, tras haber prescindido de su función para recoger agua, la cisterna había sido acondicionada como espacio de reunión y culto de una comunidad paleocristiana que se reunía en la domus, algo habitual en unos momentos en los que aún no habían sido construido templos.

         El espacio elegido y la discreción con la que se había diseñado su acceso, sugerían la posibilidad de que fue construido en ese período de persecución o incertidumbre  que se extendió, entre mediados del siglo III y comienzos del IV, aunque quizás se siguió utilizando tras el edicto de Milán, como parecen atestiguarlo algunos restos encontrados entre el colmatado posterior, como el fragmento de un disco de mármol inacabado que guarda relación con platos rituales cristianos.

         En los distintos capítulos de la obra, además de presentar los datos arqueológicos se analizan las características y evolución de una domus intramuros y su vertiente cristiana. Así mismo se estudia el ambiente religioso de Emérita entre los siglos III y V, desde los inicios del Cristianismo, posiblemente en el siglo III, hasta la construcción de los primeros templos, mencionando a sus obispos y a sus mártires, entre los que destacó Santa Eulalia.


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