lunes, 24 de enero de 2022

La pintoresca historia de don Buenaventura Tejadas

 

         Hay en Borja una calle que parte de la plaza de las Canales y terminan en un estrecho callejón por el que enlaza con la de los Tintes. Antiguamente se llamaba calle de los Cerezos, aunque también era conocida como “barrio de la Acequia” por la que discurría descubierta por el centro de esa vía que hoy lleva el nombre de calle de Buenaventura Tejadas, aunque el rótulo que se muestra en esta imagen está partido, dejando ver el anterior.


            Ese nombre le fue dado en 1941, siendo alcalde D. Pascual Sorrosal, a propuesta del párroco de Santa María D. Roque Pascual, para honrar la memoria de D. Buenaventura Tejadas, al que hoy vamos a referirnos.

Pero antes queremos destacar dos “milagros” protagonizados por esta calle. Uno de ellos es que mantiene la placa original, a mitad de su trazado, y el otro que se mantuviera su nombre cuando, el 13 de septiembre de 1991, la corporación municipal tomó el acuerdo de retirar del callejero todos los nombres relacionados con la Iglesia, como el del cardenal Casanova, los sacerdotes D. Pablo Pérez Montorio y D. José María Pereda (Mosen Pepe), junto con el de la Romería. A aquella lamentable decisión ya nos hemos referido en varias ocasiones y también a nuestra respuesta cuando fuimos requeridos para manifestar la opinión sobre ese acuerdo. “Una muestra de incultura”, le dijimos a la autoridad que nos preguntaba, la cual intentó justificarla aduciendo razones “democráticas”, a pesar de que 1.495 vecinos habían estampado su firma en una petición para que la medida fuera reconsiderada, en lo que, sin duda, constituye uno de los plebiscitos más multitudinarios de nuestra reciente historia, pues hay que tener en cuenta que el número de votantes en las elecciones municipales se sitúa en torno a las 2.500 personas.

Le aclaramos que lo de “incultura” hacía referencia al hecho de que se habían eliminado los nombres de quienes por llevar delante del nombre la denominación “cardenal” o “mosén” era fácil de identificar su relación con la Iglesia. Pero, se habían dejado otras tres calles de ilustres sacerdotes, por ignorar que lo eran: Moncayo, Amad y Tejadas.


         Porque, D. Buenaventura Tejadas Pellicer, que había nacido en Borja el 18 de abril de 1764, fue nombrado a los 27 años vicario de la parroquia de San Miguel, actualmente sede del Museo Arqueológico.

         Era un hombre de recio carácter que, durante la Guerra de la Independencia se distinguió por su oposición a los franceses, siendo acusado por éstos de haber facilitado la entrada en la ciudad de una partida de guerrilleros, abriéndoles la puerta de San Francisco, cercana a su parroquia. Por ese motivo, fue detenido y enviado preso a Francia.


         Una vez más, es el general Nogués quien nos proporciona información sobre lo ocurrido. En este caso, a través de sus memorias, publicadas con el título de Aventuras y desventuras de un soldado viejo natural de Borja, reeditadas no hace muchos con la segunda parte de las mismas.

         Según Nogués, y sus afirmaciones teñidas siempre con su característico humor hay que tomarlas con cautela, cuando D. Buenaventura, con el que tenía lazos familiares, iba camino de su destierro con otros oficiales españoles, quisieron gastarle una pesada broma, anunciándole que habían tenido conocimiento de su inmediato fusilamiento. Sin inmutarse, D. Buenaventura les respondió: “Culpa no tenemos; moriremos por Dios y por la patria”, mientras continuaba leyendo su breviario.


         En Borja creyeron que había muerto, pero no fue así y, tras un duro cautiverio, pudo regresar al finalizar la contienda, siendo recibido con entusiasmo en la ciudad. Decía Nogués que, sin hacer caso a las muestras de afecto, marchó corriendo a su parroquia, acercándose a la imagen de su titular que hoy se muestra en el Museo de la Colegiata.

         “¡Cuánto la habrá echado en falta!” decían sus feligreses que, sin embargo, mudaron su asombro en profunda extrañeza al escuchar a su vicario prorrumpir en exclamaciones no muy “católicas”.



         “Yo tengo la culpa; si hubiera puesto el dinero debajo del Santo, no habría el demonio avisado a sus amigos los gabachos para que me lo robaran”, balbucía el buen sacerdote, mientras golpeaba a uno de los diablos a los que pisa San Miguel.

Al desdichado sacerdote, se la había ocurrido la idea, antes de salir para el destierro, esconder sus ahorros debajo de los demonios. “Más me hubiera valido haberlos colocado bajo la falda de San Miguel”, sollozaba con expresiones más fuertes que las transcritas.

En cualquier caso el rudo clérigo sobrevivió al disgusto y continuó como vicario de San Miguel hasta cumplir 49 años en el desempeño de ese ministerio. Murió el 7 de noviembre de 1840, cuando ya había cumplido 76 años.

 







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